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PESCADOR DE HOMBRES, 28 de Junio de 2106

PESCADOR DE HOMBRES, 28 de Junio de 2106

PESCADOR DE HOMBRES

 

Seguí la senda. Apenas leves caricias del sudor de sus sandalias. Mucho tiempo tras la esencia humana del Maestro. Di con ella.

Tierra Santa es lugar donde cielo e infierno conviven en desasosegada y terrible armonía, bien y mal unidos. Lo mejor y peor de la condición humana se manifiestan en cada gesto crispado, en cada estallido de ira. Escenario privilegiado de la abundante dualidad que nos mantiene presos de nosotros mismos.

En mitad del Tiberíades supe sin dudar que aquél era el lugar que andaba buscando. El capitán hebreo paraba los motores y nos sorprendía a los turistas españoles con la canción “pescador de hombres”: señor, me has mirado a los ojos, dice la letra.

Sentí la mirada de Jesús; el agua del lago desprendía perfumes eternos, como si el tiempo se hubiese detenido.

Los ojos se me llenaron de lágrimas. Una congoja gozosa me recorrió por entero. “Tú sabes bien lo que quiero, en mi barca no hay oros ni espadas”.

El capitán parecía sorprendido. Tal vez sea cosa común la emoción de los viajeros de Tierra Santa. Lo cierto es que el silencio se adueñó de nosotros. Una neblina, probablemente figurada, se alzaba a escasos metros de la barca. El Maestro resplandecía en su inmaculada túnica blanca.

En ese instante el suave sonido de una armónica rasgó el velo del no tiempo. Me quebré. Jesús había vuelto a tocar mi corazón. 

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