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LA LECTURA Y ESCRITURA COMO EXPERIENCIAS DEL ALMA, 28 febrero 2011

LA LECTURA Y ESCRITURA COMO EXPERIENCIAS DEL ALMA, 28 febrero 2011


UNIVERSIDAD CARLOS III DE MADRID

Universidad para mayores, primer curso, 2010-2011

Asignatura: historia social y cultural del libro y la lectura

 

Fotografía tomada de ULC: http://www.laboraldecordoba.es/home.htm

 

La lectura y la escritura como experiencias del alma

 

Francisco Limonche Valverde

flimonche@coitt.es

 

En homenaje a José Lima Naranjo 58 años, primer amigo que tuve en la Universidad Laboral de Córdoba y tío carnal de mis hijos: “siendo la madrugada del día 21 de febrero de 2011, José subió a la barca y ya se encuentra al otro lado de la orilla”

INDICE:

1 – Introducción

2 – Primeras lecturas, primeros versos

3 – Primer diario, primeros escritos

4 – Conclusiones

 

1 - Introducción

Las primeras palabras de las que tengo constancia son “!aba, aba¡” (agua, agua). Mes de septiembre del año mil novecientos cincuenta y tres, contaba yo por entonces catorce meses de edad. El calor del verano y la inexperiencia de unos padres primerizos me situaban a las puertas mismas del lugar desde el que se otea el camino por recorrer, panorámica aceptada previamente en el reto de experimentar la esencialidad del ser.

Dispuestas ya las sillas para el funeral, agonizante el niño, de mis labios surgían las palabras de vida que me engarzaban de nuevo a la frecuencia del sentimiento.

Me salvó la vida la palabra. Frascos enteros de suero inyectados en el abdomen no habían sido capaces hasta entonces sino de mantenerme en el hálito. Fue un pañuelo empapado quien trastocó en corriente el flujo que facilitó mi regreso.

De aquellas palabras a la escuela donde las letras con sangre entran. El niño, perturbado por lo novedoso, se mostraba inquieto frente a la pizarra. Las palabras eran lo vivo, la geometría bella del Vínculo con lo eterno, la escuela coartaba empero mis ansias de volar. Me imaginaba pájaro y nube a un tiempo. Por pura casualidad el colegio cercano se hallaba justo frente a las puertas de la casa donde yo vivía. Desde las ventanas contemplaba el cielo postergado y añoraba un algo que mi mente percutía en el cuerpo a través de una inquietud perturbadora, expresada en el baile de san vito. Allí un sonriente maestro, que a su manera me adoraba, pero no entendía mis nervios, me mantenía encadenado a la pizarra horas interminables de monotonía angustiosa frente a los cristales.

El niño encadenado ante la ventana aún me conmueve.

¿Cómo se dibujó lo abstracto en mi mente, en qué momento comencé a tender puentes de las ideas a lo expresado? Probablemente la apertura se produjo al dibujar las primeras letras. Me fascinaba y a la vez aburría el trazado mágico de las líneas en el papel escaso ante a la lumbre. Los surcos que trazaba iban configurando sinapsis de entendimiento, lejos no obstante del lenguaje del niño que hablaba en la noche con las estrellas. Sin embargo, hacerme entender y comprobar lo inevitable de la decisión adoptada, me hizo en algún momento ser consciente de la hermosa condición de caminar por la Tierra.

En algún instante supe que aquello iba a condicionarme mientras viviera. Acepté lo inevitable y me dispuse a entenderme conmigo mismo y con cuanto había elegido para reconocerme, pospuesto ya el regreso al hogar de los sueños. VINCULO que como se verá me marcaría en propósitos y senderos.

2 – Primeras lecturas, primeros versos

Las primeras lecturas que recuerdo de especial impacto en mis aún por labrar surcos neuronales fueron las de Julio Verne,  Edgar Rice Burroughs (Tarzán) y con posterioridad Marcial Lafuente Estefanía.

Tardes enteras de lluvia en los cristales, soportales de Villanueva cuajados de gotas infinitas, resbalón de sueños desde la biblioteca municipal, en la que las horas se me hacían ratos, ya caminando hacia el centro de la tierra, ya colgado de lianas o disparando contra los malos.

¡Dios mío¡ ¿Cómo pude enamórame a los doce años de aquellas criaturas que se me antojaban pese a todo extrañas y severas? ¿Cómo pude llegar a la poesía de la mano de Marcial Lafuente Estefanía?

Compuse mis primeros versos a los trece años. El olor de la pólvora inmisericorde de Marcial Lafuente me indujo a lo justo. Aquellos malvados maltratando a los débiles, mujeres humilladas, liberadas tras la sonrisa de unos labios prietos y gatillo justiciero, configuraron el primer esqueleto de mi sentido de lo bello.

Las primeras letras no obstante creo se las dediqué al Niño Jesús. El terror de la iglesia aún no había nublado del todo la ternura de la figura de yeso, a la que de cuando en cuando besaba en la frente.

-          Niño Jesús soy niño como tú, aquí tienes mi corazón. Tómalo, protégelo

Luego la fragua de tío Luis, aterido de tardes eternas y en anhelo de infantil juego, me hacían llegar arrastrando para alcanzar justo la acera de la puerta. Allí, roto, tumbado, miraba al cielo donde las nubes componen sinfonías de letras que asombran ojos inquietos. Preguntaba entonces al Padre, respondía el niño:

-          Jesús, qué bonito es el cielo

Mi padre, niño a su vez de la guerra, aspiraba a que ese otro que yo también era alcanzase el sueño de llegar las estrellas. Un buen trabajo, una buena letra, quizás incluso una carrera. Cansado y con sueño me decía:

-          ¿Has escrito en el cuaderno?

-          Sí, padre, ya lo he hecho – y no era cierto-

 

 

 

 

 

3 – Primer diario, primeros escritos

Catorce años, un tren cargado de adolescentes de toda España partía de Madrid en dirección a la Universidad Laboral de Córdoba, más o menos a mitad del mes de octubre de mil novecientos sesenta y seis. Tomé ese tren en la estación de Renfe de Valdepeñas. Desgarro, susto, fascinación y sentimientos encontrados presentes en aquel chico de pueblo manchego, aspirante a descubrirse en lo nuevo del conocimiento.

En el tren comencé a escribir mi primer diario. Impresiones, emociones, sueños. He rebuscado antiguos escritos y me han sido desvelados retazos; lo cierto es que no recuerdo donde pueda haber puesto tales documentos.

Sin embargo, lo que sí tengo presente es que plasmé en ellos toda la poesía de la que fui capaz. El amor y el miedo me desbordaban y quería no obstante retener en mí lo que me parecía más hermoso. Todavía la sacudida adolescente no se me había dignado golpear al pericardio del alma, hecho que poco después sucedería, desde la boquita sonrosada de una niña cordobesa.

Tras ello el amigo Algar y los otros chicos que me pedían tabaco y amenazaban si no lo conseguía. Lo cierto es que la lejanía de Villanueva de los Infantes hizo de la timidez cobarde a un rey de las estrellas. ¡Cuánto me costaba mirar al cielo, lejos de la calles del pueblo donde el sol mora y el terciopelo de la noche acaricia sueños de trascendencia¡

Recuerdo eso sí imitar a Jerónimo, indio apache, aprendiendo a saltar con los piernas dobladas y respirar por la nariz tal como hacen los jóvenes guerreros, llenando de agua la boca sin tragar en ningún momento. Aquellos tebeos, que bien me hicieron.

Pero en estas la muerte se me hacía visible en un requiebro. Un compañero ahogado, nunca sabré bien el porqué ni entendí las razones que se me dieron. Probablemente se quiso quitar de en medio. No obstante cuanto me marcó aquello. El agua que es vida, te la quita si estás lleno de miedo. Años más tarde otro niño, al que la madre me pedía buscar en una de las piscinas, se marchó también entre desgarradores gritos y una angustia que aún me encanece.

Al fin los primeros versos. Fue la primera vez que se me publicaba en un medio impreso

 

CANCIÓN AL LABRADOR

(Publicada en VINCULO, revista de la Universidad Laboral de Córdoba, diciembre de 1969)

Perlada la frente en sudor

Las manos teñidas en barro

 

Una sombra silenciosa

Camina (azada al hombro)

Entre los surcos del amor

 

Son los largos y estrechos senderos

Son los frutos de su labor

Los que a diario pisa, de sol a sol

 

El como recompensa sólo pide

El fruto de esa labor

El haber de su trabajo

Que realiza con tesón

 

Un pedazo de ese sol

De esa dulce tierra

Que labra con amor

 

4 – Conclusiones

La escritura y la palabra han marcado, marcan y son referencias en mi vida. Entiendo que la vibración que produce tanto lo emitido como lo escrito sea como señales que condicionan lo que sentimos. Aun así muchas son las criaturas que pasan la vida en silencio, sin realmente entender que somos aquello que decimos desde lo interno.

Unas líneas, un recuerdo, caminante hasta el cielo.

La palabra de Dios, hágase la luz y la luz se hizo; hágase la voluntad de lo inesperado, y en esas estamos: bello fractal de esperanza. San Juan de la Cruz me lo recuerda de continuo desde sus bosques y espesuras, diciendo si por vosotros ha pasado.

Ha pasado un escrito, expresión de amor, sentimiento íntimo de conciencia que perdura en ser participe del compromiso de lo vivido.

Madrid a 4 de febrero de 2011

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