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SUPE DE TI POR LA LUNA, 30 de junio de 2016

SUPE DE TI POR LA LUNA, 30 de junio de 2016

Querida Isabel:

La hora en la que te marchaste yo estaba durmiendo. Me despertó el aleteo de la Luna, que jugaba tras los cristales. En un claro me pareció verte flotar en el aire:
Te pregunté: ¿Isabel, eres tú?
No respondiste e insistí. Luego te iluminé con una linterna y desapareciste sin dejar rastro.
Hasta ese día la muerte era el fin de todo para mí. Yo tenía veinticuatro o veinticinco años; no recuerdo bien, pues ha pasado mucho tiempo.
Esa noche te vi como nunca antes. Envuelta en una nube de luz, flotando y bella como lo más hermoso jamás contemplado.
Recorrí lecturas y escuelas de misterios para dar contigo. Lo hice por el puro anhelo de decirte cosas que hasta ese sutil adiós no hubiera siquiera imaginado.
Yo era muy tímido y tú un año mayor, diferencia que a los diecisiete se me antojaba excesiva. Ahora quiero que sepas que tu sonrisa me ha acompañado desde aquél momento. Cuando llegan a mi sentir los que más quiero, tú lo haces en unión de los que espero encontrar en el otro lado: mi padre, el niño de doce que cayó desde lo alto de la obra y cuyo nombre no recuerdo…; Alberto aplastado a los dieciocho por una carga de trigo y que siempre fantaseaba con ser el más fuerte de los cuatro amigos íntimos que éramos en aquellos tiempos.
Te he de decir que me he enamorado varias veces. Ahora estoy de nuevo casado con una mujer a la que amo.
Tú estás siempre en lo mejor de mis recuerdos. Pienso que eras un ángel y por eso te llamaron de tanta urgencia para que volvieses allí arriba.
Isabel si permanecemos en los que nos continúan, tú en mí lo haces y lo has hecho. Eran duros los setenta, pero ¿cuándo no lo han sido? Sin embargo, a mí me gustaba ir al pueblo y verte siquiera un ratito, tú me decías hola y yo con eso me quedaba contento.
En el verano de mil novecientos setenta y uno me marché del pueblo, a comenzar estudios en la universidad laboral de Alcalá de Henares. Nunca regresaría, excepto algunos días de verano. Yo por entonces estaba enamorado de una niña a la que nunca supe decirle te quiero. Me hubiese gustado pedirte consejo; pero todo se precipitó. Me casé a los veinticinco y era inmaduro. Hice todo cuanto pude para dar lo mejor de mí. No lo conseguí; pero no me arrepiento. De aquella vida nacieron tres hijos; mis mejores maestros.
Dicen que tenemos las respiraciones contadas y que hay que vivir en el ahora; yo así lo hago, pero mi presente son también algunos recuerdos. Hay cosas que si pudiese revivirlas las haría como las hice por no cambiar lo que ha sido, sin embargo añadiría una sonrisa y un te quiero a muchos de los que en mí os tengo.
Te sonrío y te doy las gracias. Ahora sé de cierto que el amor es antes que nada quererse bien a uno mismo; lo otro es quererse pero menos. Lo intento. Me quiero cuidándome y siendo paciente en la medida que puedo; quiero estar preparado por si en cualquier instante se me abriese la puerta del otro lado.
Decirte además Isabel, que otra noche si te apetece nos vemos de nuevo en el viento, o en la Luna o quizá ya directamente en el cielo.
Un beso, Luis

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