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Quien puede imaginar

Quien puede imaginar

QUIEN PUEDE IMAGINAR LA SOLEDAD DE UN NIÑO SORDO


Javier de Villanueva


“Quién puede imaginar el aislamiento de sus vidas. Cuando caminamos por el campo, lejos de la ciudad, creemos sentir la soledad. Pero no puede uno imaginar qué supone para un niño, en su plenitud intelectual, caminar en medio de una feliz muchedumbre, con la que no puede comunicarse y a la que tampoco puede entender” A.G.B.

Noviembre de 1885, Alexander Graham Bell, maestro de sordos e inventor del teléfono, toma la decisión de cerrar la escuela mixta de niños sordos, abierta años antes en la ciudad de Washington, en los Estados Unidos de América.

Tal vez sea la decisión más dura que haya debido de tomar nunca. Alexander Graham Bell sabe por experiencia lo difícil que resulta la existencia de la persona sorda. La persona sorda de nacimiento participa de la comunicación, fundamentalmente a través de la vista. El verbo perenne les resulta terriblemente complicado. La construcción del pensamiento se dibuja en torno al presente continuo. No hay pasado ni futuro para el sordo en la abstracción de lo relativo. Comunicarse, incluso con los seres más queridos, es tarea sometida a las limitaciones del resto de los sentidos.

Pero Alexander se ve impelido a tomar la decisión. Los continuos pleitos y litigios en torno a la patente del teléfono no le permiten otra opción.

En esos momentos, la soledad del niño sordo se le hace llaga. Se atormenta pensando que tal vez sea mejor renunciar y centrarse en su verdadera vocación: la enseñanza del sordo. Pero por encima de toda voluntad, hay personas a las que se debe y por las que no puede renunciar a la propiedad del invento: su suegro, Gardiner Hubbard, que confía en él y le apoya y le ha apoyado en los momentos más críticos; su buen amigo y ayudante, Thomas Watson, sin cuya pericia el teléfono jamás habría podido llegar a ser lo que es..., y Mabel, su bella esposa sorda.

Todo los recuerdos le sacuden como el viento a la hoja aterida. La niña en el regazo de la madre, el día en que se le quebró el corazón definitivamente: el pelo suelto, la mirada cautiva. Contaba ella quince años, él veinticinco. Tan bonita Mabel, sonriendo desde el lenguaje universal del sentimiento. Él, serio inventor, lejos de la verde Escocia y del hogar paterno, no atreviéndose a devolverle la sonrisa que le empujaba desde dentro. Ella sintiendo mariposas revoleteando y cosquillas en el vientre.

Mabel era su alumna privada. Alexander precisaba costearse el alquiler de una habitación y continuar experimentando en la telegrafía musical. Por ello aceptaba alumnos privados, además de impartir clases del discurso visible en la escuela de sordos de Boston.

Mabel estuvo allí, en el oportuno momento en que él más la necesitaba. La ilusión, los objetivos vitales por los que proseguir en el camino de la vida, se le mostraron en toda su nitidez. Merecía la pena el esfuerzo. Toda la pasión del inventor, del hombre culto hecho a sí mismo, se centró en el dulce objeto del amor: la bella y cariñosa Mabel.

Le parecía que hubiese transcurrido una eternidad desde aquellos primeros experimentos del habla. Por entonces aún vivían sus hermanos y toda la familia Bell residía en Edimburgo. Su padre, Melville, impartía clases a niños con defectos en el habla. Se le ocurrió pensar si la boca de un animal, como la de un terrier, sería capaz de producir sonidos articulados...

No resultó difícil enseñar a gruñir al perro en respuesta al estímulo de la comida. Le daba una pizca y si le apetecía más, era preciso que me lo dijera con gruñidos. Se incorporaba sobre sus patas traseras y gruñía, hasta que yo le ordenaba que parase. Entonces le recompensaba con una ración mayor. Al tiempo que hacía esto, le tomaba del bozal y le abría y cerraba la boca un cierto número de veces. De esta manera llegué a conseguir que pronunciase “ma, ma, ma”. Pronto aprendió a no gruñir, apenas le liberaba la boca. Esto anticipaba la recompensa de comida, que por cierto nunca le fue negada. Tras un poco de práctica, conseguí que dijese “mamá”, con acento en la segunda sílaba.
Colocando mi pulgar bajo la quijada de abajo, entre los huesos, y empujando hacía arriba un número determinado de veces, conseguí también que pronunciase “ga, ma, ma”. Llevando el pulgar hacia arriba y tras cerrar el bozal dos veces, el perro llegó a decir la palabra “grandmama”. A este éxito correspondí con una doble ración de comida. El perro se mostraba encantado por las lecciones.
La culminación de la educación lingüística del perro, llegó cuando este fue capaz de decir de manera inteligible “¿cómo estás, abuela?”
La fama del perro se extendió por doquier y muchas personas venían a casa con el fin de verle sobre sus patas traseras y, con una pequeña ayuda de mi parte, repetir las mencionada expresión.
Hice nuevos experimentos, pero he de confesar que nunca fui capaz de hacer que el perro pronunciase por sí solo o sin ayuda o estímulos las mencionadas palabras.

Todas las notas y escritos le resbalan por la frente sudorosa. Sólo quien intuye la soledad del sordo, puede experimentar la agonía de una decisión tan drástica.

El niño sordo, ausente, marginado u oculto de las miradas sufre la prisión del alma encerrada en doble cierre. Ese dolor lo lleva Alexander muy dentro. El dolor de la amada y el de la madre, también sorda. El dolor de los que no se quejan y se quiebran sin embargo con latidos de angustia. El adulto sordo recluido en sí, lejos de la cordialidad del contacto del habla articulada; el del anciano sordo, que vive en el mundo paralelo de los ensueños fingidos.

Sabía muy bien de la importancia de esta resolución. Sólo el cielo podrá decir si fracasó en ello.

Porque no hay nada que transforme hoy tanto la realidad como pueda hacerlo el teléfono, al menos en los países desarrollados. El teléfono se hace omnipresente en todas cuantas actividades sociales, privadas, de trabajo o de cualquier otra índole, realizamos la mayor parte de las personas, prácticamente durante todos los días de nuestra vida.

Alexander Graham Bell patentó el teléfono el tres de marzo de mil ochocientos setenta y seis. Eso es posible que se sepa; pero lo que de seguro no todos sabemos, es que Bell desarrolló el teléfono, pensando en las personas sordas. La idea no era otra sino transmitir, a través del hilo metálico del telégrafo, carácter a carácter, textos escritos o vibraciones. De esta manera, se reproducirían, en el extremo distante, palabras y frases completas que el sordo fuese capaz de entender.

Pero es cierto también que la pasión de Alexander Graham Bell por contribuir a evitar el aislamiento de las personas sordas, devino de alguna manera en lo contrario. Su pasión por el sordo, el conocimiento de la terrible soledad de la incomunicación, le hicieron apostar por el lenguaje oral en detrimento del lenguaje de la seña, y por el teléfono de voz en vez de algún sistema que permitiera la transmisión del texto. En mayo de 1976, el Real Instituto Nacional de Personas Sordas del Reino Unido señalaba a este respecto lo siguiente: “Lo irónico de la vida de Bell, es que su invento ha venido a suponer el mayor obstáculo en el progreso de la persona sorda. El teléfono es una importante herramienta de trabajo en la vida diaria de las personas. La habilidad en su manejo, resulta de tan gran importancia como puedan serlo la lectura o la escritura. Sin embargo, al no poder hacer uso del teléfono de manera normalizada, muchas personas sordas se ven impedidas para el trabajo o abocadas al subempleo”

La hermosa Mabel, la mejor de las esposas.

Comienza un enésimo escrito: Te amo miles de veces más que nunca. Quisiera escribirte y reescribirte por toda la eternidad. Ahora debo sin embargo tomar una decisión.

Pero, no le resulta posible proseguir. Los pleitos de los cientos de personas que se arrogan como creadores del teléfono, le rompen la paz de dentro, tan necesaria al inventor. Quien puede imaginar la soledad de sus vidas... Él la imagina. Aventura a otear, no obstante, un mundo futuro en el que los sordos se integran en la práctica de la comunicación a distancia y en el que el trabajo depende fundamentalmente de la habilidad del pensamiento y no de las capacidades físicas de las personas. Debe pues dedicarse a situar al teléfono en la órbita de lo cotidiano.

En su calenturienta imaginación cree vislumbrar una realidad en la que en cada hogar hay una línea de teléfono, como las del gas o de la electricidad, y donde la voz se transmite por haces de luz. Eso le complace. El conocimiento no depende de la posición social, sino del impulso vital de cada cual. ¿Podrá realmente existir un mundo así? ¿Podrán las personas sordas integrarse en el verbo en movimiento?

Querida Mabel, me veo obligado a clausurar el colegio de niños sordos, en el que tanta ilusión hemos puesto... Tal vez hoy no te resulte comprensible mi decisión. Renuncio en favor tuyo a cualquier ganancia o acción sobre la propiedad futura de mi patente. Me veo forzado sin embargo a enfrentarme a algo que ni quiero ni deseo. Espero que sea en bien de todos.

Alexander, Noviembre de 1895



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