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El poder de la palabra

El poder de la palabra

EL PODER DE LA PALABRA

Por Francisco Limonche Valverde
RIVAS PUEBLO

"No engendra odio el corazón, engendra odio la lengua"
Tablilla Sumeria, Mesopotamia


La palabra transforma el mundo en el que vivimos. Hay palabras de dicha, de sosiego, de arrullo o de encanto. Las hay también que dan miedo y pueden llevarte a la muerte. La parte más elemental del cromosoma es una palabra. La palabra de la madre, en la infancia, se graba en cada una de los trillones de células que nos componen; y es instrucción que se fija y nos marca el resto de la vida. Las palabras dichas en desamor, cuando somos niños, son casi siempre las que más duelen. Hay palabras que se quedan en nosotros a lo largo del camino y no nos abandonan jamás, a menos que hagamos el esfuerzo supremo de combatir la pereza de ser cobardes. Las hay también que pesan como el plomo. Las hay livianas, que te elevan, acarician, mecen, confortan y besan. En el origen de los tiempos se halla el verbo hecho hombre. Del sosiego a lo plácido media un abrazo de cálidos sustantivos. A la palabra amiga se llega desde la amistad a la palabra. Hay palabras tiernas, de amor, de encuentro o de desencuentro; las hay de tristeza que traspasan el alma. De éxtasis, que conectan con los cielos. Palabras de luz, de amanecer, de noches tumbados en la hierba contemplando las estrellas. De lagos y cisnes, de embrujo, calor y fresquito en el hogar. De tanto en tanto, las hay que rasgan y quiebran el cráter de lo oscuro. También las hay de extremada belleza, que brotan de lo más generoso de los sueños. Por decir algunas, diré: amigo, amiga, amado, amada, hijo, hija, padre, madre, hermano, hermana. Nombres, adjetivos, verbos, adverbios..., que nos hacen vibrar desde el embrujo del mundo paralelo de los desvelos.
Sueño la palabra por venir, que ha de transformar cuanto acoja. Es tiempo de cambio en la forma de denominar lo nombrado; de derribar barreras mentales y abrir oídos ausentes. No es de justicia mantenerse lejos del gozo y de la escucha de potenciales clamores, prestos a romper apenas luzca el sol del nuevo nombre de las cosas. La palabra liberadora se encuentra, pues, cercana a florecer, a la espera del primer ser humano que acierte con la dicha de su música. Este engaño de verbos mamados, generación tras generación, de frases sin alma, de objetos sin rumbo, no se sostiene un minuto más. La palabra solidaridad, ¿es solidaria? Un !te quiero¡, ¿sale de lo más profundo del alma o de la garganta? Es preciso dejar escapar el suspiro retenido, apartarse de los nombres sin rostro, de las letras desvaídas; y gritar, gritar a los cuatro vientos, la necesidad de adaptar el ritmo de lo dicho a los latidos del corazón. La descompensación, el desajuste, nos viene matando desde el principio de lo eterno. Es imperativo que lo de dentro y lo de fuera conformen una misma substancia. Probablemente el escollo de mayor dificultad con el que nos encontremos en el tránsito sea el de aprender a querer y ser queridos, a través de las palabras del corazón y de la boca !Es tan difícil¡ Sin embargo, !hay palabras tan bonitas para expresar los sentimientos¡: azucenas, lirios, amapolas, golondrinas, niños, niñas, cariño, chiquitina... las hay también de fuego, de pasión, de vino y rosas. Están luego esas palabras que me dices, cuando arrobados nos miramos, ¡mira que te quiero¡. Es entonces cuando se hacen miel en tus labios, cosquillas en mi vientre y explosión cuando nos amamos. ¿Y aún quieres que te explique, el porqué de mi amor por la palabra?

Francisco Limonche Valverde, ingeniero técnico de telecomunicación. Gestor de proyectos multimedia BA de Telefónica de España. Autor de varios libros técnicos. El taller de literatura de Rivas ha supuesto para él un encuentro con el método y con el placer de la escritura compartida.

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