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ALEXANDER GRAHAM BELL Y EL DISCURSO VISIBLE, 29 de marzo de 2012

ALEXANDER GRAHAM BELL Y EL DISCURSO VISIBLE, 29 de marzo de 2012


El texto que acompaña a este trabajo de lengua española de segundo curso de mayores, corresponde a una narración mía de dos mil uno revisada. Inicialmente barajé la posibilidad de analizar una de las preciosas conferencias de Federico García Lorca, pero al final descarté la idea, y opté finalmente por el análisis y revisión del escrito que sigue.

Está basado en la vida de Alexander Graham Bell, auténtico inventor del teléfono, por mucho que el congreso de los EE.UU impusiera a Antonio Meucci y desbancara a Bell del honor de la invención.

Por supuesto que antes que Bell hubo muchos que lo intentaron, incluso Sir Frances Bacon llegó a hablar de un tubo largo y hueco por el que reproducir sonidos de un extremo a otro. Meucci se quedó en el intento, siendo lo más cercano que estuvo el nombre dado a éste: teletrófono.

Lo realmente conmovedor de esta historia se resume en una palabra: amor. El amor de Bell por los sordos; por Mabel, su esposa sorda; como la propia madre del inventor del teléfono, a la que adoraba.

 

2 – Resumen

 

Alexander Graham Bell y el discurso visible, título de esta narración, es la visión de una pincelada en el precioso cuadro de voluntad desplegado por el inventor del teléfono de mejorar la vida, salud y comunicación de los seres humanos entre sí. Fueron tal la pasión y empeños puestos en ello, que en ocasiones Bell se olvidada de sí. Pese a ello, enamorado como estaba, buscaba el tiempo que no tenía para escribir cartas a su amada, siendo que la iba a ver unas horas más tarde.

El discurso visible trata de hacer entendible con el sentido de la vista lo que el oído no puede interpretar, pues la palabra escrita, cuando sale cargada de sentimiento, tiene la capacidad de movilizar al resto de los sentidos.

La forma que adopta el texto contempla distintos tiempos verbales, buscando no obstante la musicalidad y el anhelo de que el sordo sea  capaz de ver la voz que el oído no percibe.

Ciertamente hay un recrearse en la admiración del personaje, si bien evitando en la medida de lo posible el uso de adjetivos que adornen en exceso lo expresado. Tal vez si que se incurre en algún que otro anglicismo, producto sin duda de la lectura de cientos de páginas en inglés de la Biblioteca del Congreso de los EE.UU., tratando de profundizar en lo esencial de Bell, y del trabajo desarrollado durante años por el autor.

Al tiempo hay una parte técnica que anhela la complicidad del sentimiento de quien esto lea, más allá de la frialdad que impone la descripción de objetos, sin los cuales la vida en el 2012 no sería como la conocemos.

 


A.G.B. Y EL DISCURSO VISIBLE

 

 

            Francisco Limonche Valverde

 

 

            RIVAS PUEBLO, finales de Junio de 2001

 

            Taller Literario. Asunto sobre el que escribir: un relato; el relato que ahora tienes en tus manos. Abstracciones, fábulas o sucesos, acaecidos o inventados. Ese es el tema que nos han encomendando desarrollar los profesores que han impartido el curso correspondiente a dos mil uno de Rivas. Lo cierto es que no sé cómo iniciar este escrito. Tal vez lo que más oportuno, sea explicar las razones por las que tomé la decisión, hace unos meses, de acogerme a un grupo de personas, unidas en el afán de su pasión por la palabra. El amor a la palabra es una forma de entender la vida. Nada de lo que nos sucede ocurre porque sí: sucede, fundamentalmente, por el uso que hacemos de la palabra. Hiere más la palabra inconsciente que el corazón encogido por el miedo. Empero la palabra también sana. Instalarse en la palabra significa, entre otras cosas, vivir en el ensueño de territorios que la imaginación fabula. Ello supone no obstante y de tanto en tanto renunciar a cosas tan sencillas, como tomar una cerveza en calma. En fin, me encuentro en este Taller de Rivas, abstrayéndome del sosiego de no hacer nada cuando me apetece, por la palabra y por su método.

 

He escrito cosas a lo largo de mi vida. Me gusta escribir y ser leído. Necesito, sin embargo, dejarme guiar por los que ya han transitado desde el fondo a la forma. La belleza es alma, pero también es cuerpo.

 

A finales de verano de dos mil y para una revista de telecomunicaciones, traduje del inglés al español unas cartas de amor de Alexander Graham Bell, humanista e inventor del teléfono. Descubrir la voluntad y la determinación de Alexander de dedicar su vida en favor de la palabra hablada, me llevó a biografiar aspectos desconocidos, al menos en la lengua española, de la vida de un hombre excepcional y de referencia. Me gustó lo que hice. Pero me quedó el regusto de algo más en lo externo de lo escrito. Escribir y hacerlo con la fluidez del aroma de la rosa, exige leer mucho, escribir aún más y compartir lo creado con otros. En esa tarea me encuentro, mientras me imbuyo en la determinación de Alexander de ofrecer el beneficio de su discurso visible y de la palabra hablada.

 

"El poder de la palabra hablada". A Alexander le brilla la mirada: tiene fiebre. Padece una de sus habituales y dolorosas jaquecas; pero no puede dejar de pensar en el sentido de la frase, que le ronda desde el alba.

 

            El poder de la palabra hablada transforma el universo; transforma la realidad inmediata, e incluso el futuro que se anhela. De esa fuente, la persona sorda bebe, muy de tarde en tarde, escasos sorbos de subsistencia.

 

            Mabel Hubbard y Alexander Graham Bell, dos seres unidos en el propósito fundamental de transitar unidos el camino de la vida y de donar el poder de la palabra hablada, sin importar tiempo, lugar o distancia, que permita a esta llegar allá donde sea precisa, en su presencia reparadora.

 

            Mabel Hubbard era sorda y alumna de Graham Bell. El día en que Alexander la vio por vez primera, se le aceleró el pulso y le cambió el color de la cara. Tan bonita la niña, reposando en el regazo de la madre. El pelo largo, brillante, de una delicadeza que la caricia hubiese sido lo inmediato. Alec no se atrevió a ello. En realidad, se sintió ridículo, sin saber que hacer con el sombrero y tratando de aparentar una calma, que quedaba muy lejos de sentir. Ella era una niña de dieciséis años, pura e inocente; él un hombre hecho y derecho, educado en las formas y en el control de las emociones, que se estaba enamorando.

 

            Alexander aparentaba más edad de la que tenía. Vino a la vida en Edimburgo, Escocia, el 3 de marzo de 1847. Ella lo hizo en Boston, EE.UU., el 25 de noviembre de 1857. La Universidad de Boston le nombraba profesor de fisiología vocal y de oratoria en 1873. Ese fue justamente el año en que Mabel se aposentó para siempre en su corazón.

 

            Fueron años, los de mediados y finales del siglo XIX, en los que la investigación, fundamentalmente en los EE.UU., adoptaba un sesgo práctico, con inventos que revolucionaban el modo de entender la vida y la práctica diaria de lo cotidiano. Europa asistía atónita a los descubrimientos que llegaban desde la otra orilla del Atlántico, entre otros el realizado por Alexander Graham Bell, que patentaba el teléfono en 1876.

 

            Por entonces, las personas sordas quedaban muy lejos de los beneficios de la palabra hablada, sin apenas acceso a una formación que les permitiera desenvolverse en un entorno, en el que la creciente competencia, comenzaba a constituirse en barrera adicional al de la ausencia de oído.

 

            Mabel vivía hacía dentro. Quedó sorda a los cinco años de edad, y nunca más volvió a oír. Un niño sordo sobrevenido, configura el espacio en el que vive, en razón del lenguaje tanto verbal como no verbal que se establece entre padres e hijos. Quien conoce el verbo, nunca lo puede olvidar. Su lógica era la del oyente. A los cinco años, la curiosidad y el descubrimiento de la propia identidad, generan un vínculo en torno a la palabra que, de quebrarse, trastoca hasta el extremo del dolor constante, los perfiles del universo que se está construyendo en la infancia. La discapacidad más severa que pueda padecer cualquier ser humano, es la de no poder comunicarse con los demás.

 

            Mabel había recibido una educación exquisita. Su padre, Gardiner Hubbard, reputado hombre de negocios del Boston de mil ochocientos setenta, adoraba a su bella hija.

 

            Mabel era buena, delicada y con una curiosidad por todo sin límites. El Sr. Gardiner coadyuvaba, con cariño inmenso, en el esfuerzo titánico de su hija por aprender cosas nuevas y por hacerse entender. En esa tarea se encontraban, cuando supieron de aquél hombre serio, que tenía en la ciencia humanitaria el objetivo principal de su existencia. Alexander pretendía, entre otros, transmitir la voz humana por un hilo metálico, y el envío de caracteres escritos o vibraciones, para que los sordos pudieran comunicarse entre sí o con los oyentes. No resultó de esta manera, para desgracia de los no oyentes. Pero eso es otra historia. El invento del teléfono le pareció al principio al Sr. Gardiner cosa de locos y cuanto más algo sin uso práctico alguno. Pero Alexander Graham Bell era ante todo un excelente profesor de vocalización y el mejor maestro conocido de niños sordos. Alexander precisaba de recursos para sus investigaciones y Gardiner buscaba el mejor profesor para Mabel. Ahí comenzó todo, desarrollo del teléfono incluido.

 

            Con la ayuda de un globo, Alexander instruyó a la niña en el delicado proceso de la dicción. Hablando en la superficie del globo, las vibraciones se reproducían en la carita de Mabel. Al tiempo, las manos del tembloroso Alexander, situaban los dedos de la niña en el punto exacto de la garganta, para que esta pudiese visualizar los movimientos que se producen al hablar.

 

-        Así, Mabel, como lo hago yo –

 

Y Mabel repetía una y otra vez el ejercicio, hasta que de la garganta dormida, fluían las palabras con la delicadeza que pueda hacerlo el cisne en el agua.

 

            Alexander había logrado escapar del hálito de la plaga blanca, que se llevó para siempre a sus dos queridos hermanos. Pero la tuberculosis le dejó como secuela crisis de jaquecas, de dolor insoportable. La luz le trastornaba. Buscaba la noche y la penumbra. De hábitos nocturnos y mente en mil cosas a un tiempo, los únicos objetos de adoración que tuvo en vida fueron Mabel, sus hijas, la ciencia y el bien de los demás. Mabel, por el contrario, más práctica y apegada al disfrute de lo diario, no se cansaba del rumor que dibuja la naturaleza, en los ojos de quienes carecen del sentido del oído.  Contraste entre el búho blanco, que imaginaba en Alec, y la paloma en búsqueda de dulces brisas a la que ella aspiraba.

 

            Pero se amaban, como no se pueda imaginar, y trataban de permanecer juntos el mayor tiempo posible. Cuando ello no resultaba posible, circunstancia frecuente, por otra parte, se escribían. Lo hacían de lo mucho que se querían, de lo que esperaban el uno del otro, del dolor, de los motivos de discusión, del cariño inmenso con el que se regalaban...

 

            Alexander buscaba la manera de contribuir a evitar el aislamiento de los sordos; de evitar que su querida Mabel dejase de disfrutar de la palabra hablada. La cultura humana, pensaba, es fundamentalmente cultura escrita y hablada, desde el principio de los tiempos.  Ni un solo ser humano debiera permanecer alejado de semejante bien. En el afán de que alcanzara a todos por igual, puso siempre lo mejor de sí.

 

            A esto contribuyó otra de las personas de gran influencia en la vida de Alexander, Thomas Watson, mecánico y ayudante de electricidad, que le fuera asignado como colaborador en Exeter Place, lugar donde tuvo lugar la primera transmisión telefónica de la historia. Pero eso forma parte de otro acontecimiento y de otras descripciones.

 

            Alexander escribía a Mabel, como queda dicho, siempre que esto le resultaba posible. Mabel hacía lo propio. Pasaba también a limpio los apuntes y escritos de Alec. De entre las muchas cartas de amor que ambos se dirigieron, a lo largo de más de cincuenta años de vida en común, hay una de referencia, que refleja los anhelos del inventor del teléfono, del amor por Mabel y la práctica de su vida. Dice así.

 

 


Carta de Alexander Graham Bell a Mabel Hubbard

           

5 Exeter Place, Boston, 1876

Miércoles en la tarde

 

            Mi querida muchacha:

 

            El papel usado, del que hago uso en esta carta, no creo sea el medio más adecuado para escribirte. Parece dar a entender una cierta falta de respeto al lector y ciertamente una extraña manera de mostrar los sentimientos de quien la redacta. Te pido respetuosamente no pienses que este sea el caso. He tratado de dar con unas hojas respetables, donde poder plasmar los pensamientos que me inspiras; pero el esfuerzo ha resultado vano. Sólo puedo, por tanto, exponer de manera fragmentaria alguno de mis propósitos. Sin embargo, "la paja muestra la manera en la que el viento sopla".

 

            Watson y yo hemos trabajado duro a lo largo del día de hoy, explorando nuevos dominios de la telegrafía múltiple, con el sentimiento de ir por el camino correcto.

 

            He de decirte, sin embargo, que me siento en la obligación de permanecer las tardes en Boston, con el fin de contribuir a sufragar el coste de la renta que Watson paga por el cuarto donde habita. Resultaría imposible para él proseguir en los experimentos de la telefonía, de no participar yo en este pequeño esfuerzo. Por lo tanto, debo dedicarle las tardes como contrapartida a su dedicación absoluta al desarrollo de mis ideas.

 

            Habitualmente abandono Boston a las cinco. Cuando mañana llegue junto a ti, podremos, si es de tu agrado, filosofar sobre la naturaleza de las cosas, o salir en busca de rosas rojas, para colmarte de ellas las manos.

 

            Hoy he dividido mi tiempo de manera uniforme, entre Watson y Kinsey – la telegrafía y el discurso visible -¿No me tienes lastima? Me temo que nunca me encuentre en paz, si trabajo en una sola cosa a un  tiempo. Sin embargo, estos dos asuntos están predestinados a formar parte de mi vida. ¿Qué necesidad tengo pues de preocuparme de ellos? Son como hermanos gemelos y debo aprender a cuidar de ambos.

 

            Watson y Kinsey absorben tanto de mi tiempo, que apenas si puedo avanzar con los papeles del examen. No obstante, te prometo que mañana, al comienzo de la tarde, haré mi aparición en Cambridge, con el Discurso Visible en el bolsillo.

 

            Mabel, puedes serme de gran ayuda, simplemente haciéndome trabajar. Me siento avergonzado por el retraso en mis escritos. Creo, sin embargo, que podré terminarlos si me siento un  rato y persevero. Lo que no puedo es pasar un día más sin verte.

 

            No estoy seguro de porqué te escribo, siendo que mañana nos veremos. Empero, el espíritu me mueve, como dicen los cuáqueros.

 

            Pienso muy a menudo en ti, y siempre en la alegría. No obstante, te tengo lastima por haberte comprometido con un hombre como yo. Sabes, mi querida Mabel, y te lo anuncio con toda la gravedad de que soy capaz, que cuanto más examino mi vida y mi carácter, me veo, cada vez menos, como ese tipo de hombre que deba casarse. Me sorprende mi propia presunción al asumir esta idea.

 

            No pienses que lamento pensar así. Tú eres mi ángel bueno y te amo tanto, que lo menos que puedo hacer es intentar cambiar por ti – sólo intentarlo -. !Si el leopardo pudiese cambiar sus manchas, tal vez pudiera haber un poco de esperanza en ello¡ Sin embargo, si el amor y los afectos pudiesen al tiempo reparar los defectos de mi carácter, te haría también la promesa de intentar cambiar a cualquier precio¡ Buenas noches, mi amor.

 

            Tu Alec. 

 

            El Discurso Visible, la palabra hablada, puso a Alec en el camino de Mabel. A través del Discurso Visible, Ciencia de los Alfabetos Universales, establecido por Melville Bell, padre de Alexander Graham Bell, el inventor del teléfono hizo honor a la aplicación del método, como maestro de sordos y difusor de la palabra hablada. El amor fue la recompensa.

 

En el Discurso Visible de Melville Bell, los símbolos representan las posiciones que deben adoptar los órganos vocales, en la formación de los sonidos. Durante años, los padres de Alexander Graham Bell fijaron su objetivo en el análisis de los variados elementos, que conforman el sonido del idioma inglés y otros idiomas, para describir estos por medio de caracteres fisiológicos. De esta manera, los estudiantes deberían ser capaces de pronunciarlos, desde la descripción simbólica de las formas, sin necesidad de haber escuchado los sonidos previamente. 

 

El padre de Alexander Graham Bell, fue un gran estudiante de filología. Su esperanza en el sistema de escritura visible, radicaba en que, a su través, pudiesen preservarse, en beneficio de futuros filólogos y lingüistas, los dialectos de Inglaterra y Escocia, por entonces en proceso de decadencia, a consecuencia de la expansión del ferrocarril, de los medios de vapor y otros medios de comunicación rápidos que proliferaron a lo largo del país. Descubrió que cuando se susurran ciertas vocales inglesas o dialécticas dispuestas de una determinada manera, parece existir una cierta relación musical con los elementos vocales de la escala. Alexander Graham Bell gozaba de un buen oído musical. Por esta razón su padre se interesó vivamente por su opinión respecto de los diapasones, para las diferentes vocales. En el oído de Alec las vocales daban la impresión de corresponder a una escala musical descendente. Sin embargo, para el padre, la sensación era justamente la contraria.

 

Durante un largo período de tiempo pareció imposible que llegasen a un acuerdo con los diapasones correspondientes a cada una de las vocales, excepción hecha de las vocales de abertura estrecha, hasta que vinieron a descubrir que cada una de las vocales se relaciona con  un doble diapasón. Esto, referido a la escala de las vocales, justifica los diapasones ascendentes y descendentes de manera simultánea.

...

 

            Palabras, cadencia, teléfono. Emisiones que transforman y cambian el mundo. El esfuerzo del padre, la dedicación y desvelos de un hijo. El teléfono llegaba desde el buen oído de Alexander y desde su fe en la ciencia como medio de ayuda a los desvalidos.

 

            Nacemos de la palabra, crecemos con ella. La palabra nos hace partícipes de la naturaleza divina y nos revela al mismo Dios. Alec y Mabel pusieron su empeño en dar a conocer el beneficio de oír lo nombrado. La vida en la Tierra podría ser mejor de escuchar y no sólo oír a nuestros semejantes. A veces el sordo escucha mejor que el oyente. La palabra es patrimonio del alma. Los inventores, y todos cuantos gozan del privilegio de subsistir a su través, debieran hacer cuanto pudiesen, para revertir el desequilibrio que anida en los corazones y llegar a lo más profundo de las estrellas desde la profundidad del verbo.

 

            Le dolía la cabeza; pero mañana sería otro día y podría filosofar con Mabel del poder de la palabra hablada...

 

            Literatura, amor a lo dicho. Estoy aquí para beber de lo oído; para reflexionar sobre el alcance de lo hablado. Sin embargo, mañana será otro día y seguiré dedicándome a saborear, a través de lo hermoso, del agua y de la sabiduría de la que antes otros se han saciado. Gracias Alexander. Gracias, amigos del Taller.

 

            Madrid a martes 12 de junio de 2001, maduro de cuarenta y ocho años

 

Biblioteca del Congreso de los EE.UU.

            http://memory.loc.gov/ammem/bellhtml/bellhome.html

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