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Un camino repetido, bello y aleccionador en cada pisada, 10 de julio de 2017

Un camino repetido, bello y aleccionador en cada pisada, 10 de julio de 2017

Un camino repetido, bello y aleccionador en cada pisada.

Desde el año 2003 todos los años intento planificar las fechas más adecuadas para realizar un trayecto del Camino de Santiago.
Este de 2017 ha sido el de la distancia más corta que he recorrido, 102 km. Punto de partida Brea, destino Santiago de Compostela.
He caminado junto a chicos con discapacidad intelectual como voluntario de Fundación Telefónica.
Me apetece compartir la experiencia. No obstante por respeto y compromiso lo haré en genérico sin desvelar detalles identificativos.
Puedo decir sin lugar a dudas que ha sido el más intenso de todos los caminos.
Poco después de nuestra llegada a Portomarin uno de los chicos tuvo el infortunio de una mala caída, desde una altillo de algo más de metro y medio. Lo hizo hacia atrás con estrépito. Yo y otro de los voluntarios fuimos testigos de cómo caía sin poder hacer otra cosa que correr en su ayuda.
Un golpe tremendo. Nos temimos lo peor. Vimos que no tenía rastros de sangre en la cabeza. Le levantamos. ¿Te duele algo? ¿Cómo te sientes?, le preguntamos.
Ni un lamento, ni un gesto de dolor. Supimos después que el umbral de dolor de chicos con discapacidad intelectual es altísimo.
Respondió escuetamente, bien. Le tumbamos y volvimos a mirarle cabeza y espalda. No supimos qué hacer en aquél momento, llevarle al hospital para un reconocimiento o esperar a ver cómo evolucionaba.
Al cabo y tras observarle repetidamente acordamos comentar el incidente a la enfermera y cuidadores que nos acompañaban y que no sabían lo que había sucedido. Con buena lógica decidieron que había que llevarle al hospital. Nos lo devolvieron de madrugada tras atenderle y hacerle un escáner. No tenía nada afortunadamente.
Estaba eso sí muy asustado. Sudaba. Sin embargo de su boca no había salido un lamento o una palabra salvo para decir, bien.
Apenas pudimos dormir un par de horas. A las siete sonaba el despertador y tras el desayuno comenzamos a caminar. Fui junto a él todo el recorrido de la siguiente etapa Portomarin Palas de Rei.
Un chico encantador. No le gusta hablar salvo para decir: vale o poco más. Habla con los otros chicos, se ríe y en general todo lo parece bien y lo agradece. No obstante en un momento me comentó, “vaya golpe que me he dado”
Caminar junto a este ángel ha resultado un regalo maravilloso e inesperado. Su coherencia y presencia de ánimo, aceptación de lo ocurrido, la preciosa conversación telefónica con el padre para explicar lo acontecido culminaron en un aplanamiento mutuo y progresivo del susto.
La discapacidad intelectual es algo desconocido para mí. Me han impresionado el amor y el afecto que experimentan los chicos, así como su transparencia, pureza y la confianza puesta en unos cuidadores ocasionales, manifestadas en un cariño a raudales, una vez superadas las lógicas barreras del primer encuentro.
Hemos vivido en una burbuja; los chicos han establecido unos vínculos con los voluntarios de una intensidad fuera de lo común, en apenas cinco noches y seis días.
Sudor y camino, alguno de los chicos, muy pocos, hubo que llevarles un trecho en el coche de apoyo. Sin embargo una vez repuestos se sumaban con alborozo y preciosas conversaciones, ingenuas o deliciosamente picaras.
La etapa del tercer día mantuvimos un encuentro con un peregrino que hacía el camino de regreso, un joven bien parecido, afeitado y que llevaba gafas oscuras. Nos pidió un cigarro.
¿A dónde vas? le pregunté, a Tierra Santa, respondió. Vaya ¿y cuánto tiempo crees que emplearas en hacerlo? cuatro meses, dijo.
Le preguntamos que de dónde era y ya nos contó la razón por la que hacia el camino. Lo hago porque mi mujer me ha engañado con mi mejor amigo. No he querido cometer ninguna locura y llevo caminando más de un mes.
Se puso a llorar. ¿Qué decir ante una situación así? Es un duelo y lo tienes que vivir; el camino es el lugar adecuado para encontrar la paz, le dije.
Le abracé y le dije adiós. Me dio entonces por sacar un billete de cinco euros y se lo ofrecí. Adiós, le volví a decir.
Llevaba unos metros caminando cuando vino hacía mí corriendo, se arrodilló y me besó la mano. No te he pedido nada y tú me has dado cinco euros.
Correspondí besando la mano que me sostenía y le abracé de nuevo. Me arrepentí de haberle dado tan poco. Te deseo lo mejor, peregrino. Los ojos sin gafas presentaban una comisura violeta de llanto y amargura. Un joven atractivo y con un dolor de espanto caminaba de regreso quizás al lugar más complicado de encontrar, el propio corazón.
El sábado llegamos a Santiago de Compostela. Los organizadores tuvieron el detalle de contratar a unos gaiteros que nos recibieron con unas hermosísimas melodías.
Los chicos se abrazaron entre sí y con nosotros, reían, algunos lloraban. Lo habíamos conseguido.
El público del Obradoiro está acostumbrado a todo, sin embargo tuvimos espectadores que disfrutaron de nuestra alegría.
El sábado 8 de julio de 2017 llegamos oficialmente a Santiago 2.194 peregrinos que habíamos recorrido al menos los últimos 100 km.
El 9 de julio salimos de regreso a Madrid. Hoy 10 de julio es el día de mi cumpleaños. Lo quiero celebrar, haciendo llegar a quienes lean este relato siquiera un retazo o perfume de la magia del camino.
Buen camino, amigos.

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