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PESCADOR DE HOMBRES, 28 de julio de 2018

PESCADOR DE HOMBRES, 28 de julio de 2018

Seguí las huellas. Caricias de arena bajo las tenues pisadas de sus sandalias. Llevaba tiempo tras el rastro del Maestro.

Tierra Santa quizás sea lugar de este mundo donde cielo e infierno convivan con mayor y desasosegada armonía, bien y mal unidos. Lo mejor y peor de la condición humana manifiestos en cada gesto crispado, en cada estallido de ira. Escenario privilegiado de la abundante dualidad que nos mantiene prisioneros de nosotros mismos.

En mitad del Lago Tiberíades supe que había llegado al hogar que andaba buscando.

A Dios se le busca dentro, pero da gusto verlo o imaginarlo con rostro humano.

Estábamos en una barcaza. De repente el capitán hebreo paró los motores de la embarcación y dejó que la barca se meciese como una cuna. Poco después activaba los altavoces de cubierta y nos sorprendía con la canción “pescador de hombres”: señor, me has mirado a los ojos.

Sentí la mirada de Jesús. Simultáneamente acaecía que del agua emanaban efluvios de lirios y la vida entera se detenía por unos instantes.

A mis ojos incontenibles arribaron las lágrimas. Una congoja gozosa me recorrió por completo. “Tú sabes bien lo que quiero, en mi barca no hay oros ni espadas”, continúa la canción.

Había oído hablar del síndrome de Tierra Santa. Unos se creen reencarnación de los profetas; otros afirman que ven a Jesús, a la Virgen María o a la mismísima María Magdalena.

Yo no vi a ninguno de ellos. Intuí a Jesús. Probablemente mis propias expectativas dibujaban en mí aquello que tanto anhelaba. Lo cierto es que me sentí colmado y agradecido. Había llegado a su puerta.

El resto de mis compañeros permanecía en silencio; rostros mojados y una envolvente mágica que nos mantenía en sentimiento de fraternidad y amor.

El capitán no pareció sorprendido. Tal vez sea cosa común la emoción que en uno otro momento embarga a los peregrinos de Tierra Santa.

Una neblina, probablemente más imaginaria que real, comenzó a alzarse a escasos metros de la barca. El Maestro surgía de las aguas y resplandecía con su inmaculada túnica blanca.

Entonces el sonido de una armónica rasgó el velo del no tiempo. El capitán continuaba la canción “pescador de hombres” en un solo delicioso. Me quebré sin reparo y sin importarme otra cosa que no fuese el sentir. Jesús me acunaba en su corazón.

 

Francisco Limonche Valverde

francisco.limonche@gmail.com

 

 


F0TOGRAFIA TOMADA EN MUXIA EL 5 DE JULIO, PUERTO, RECUERDO DE MI ESTANCIA EN ENERO DE 2003 RETIRANDO CHAPAPOTE, BRAVAS MUJERES LAS MARISCADORAS

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