MAMOUDOU, 28 de septiembre de 2018

Mamoudou soñaba paz y libertad desde las embarradas calles malienses de Yaguine. Amaba la vida y amaba a su gente. El horizonte lo dibujaba sin embargo en doradas playas de arena fina, a más tres mil quinientos kilómetros de distancia, allá en la vieja Europa.
Un día largo, que le duró como cinco años, no cumplidos aún los dieciocho, comenzó a caminar y atravesar selvas y desiertos.
Noches de gacelas; noches de leones. A punto estuvo de perder la vida en varias ocasiones. Los traficantes de esclavos le cercaron varias veces; la policía de Libia y de otros lugares le mantuvieron retenido en otras tantas. Polvo, sangre, sudor, lágrimas y un barco a punto de naufragar en el segundo intento, pero al fin pudo recalar en las costas de Sicilia.
Poco tiempo después llegaba a París en búsqueda de unos parientes.
La vida en Francia no le resultó fácil. Las expectativas confrontan casi siempre con la perspectiva. Vagabundeaba y aceptaba cualquier ocupación que le pudiese aportar algún ingreso, no obstante carecía de documentación que le diese la libertad de circular sin ser deportado.
Una tarde, en la que seguía un partido de futbol desde la terraza de un bar, escuchó los desesperados gritos de auxilio de varias personas. En un edificio cercano un niño de cuatro años pendía de una barandilla en un cuarto piso, apenas sujeto por los agarrotados dedos de sus manos.
En el balcón de al lado alguien intentaba sujetar al niño sin conseguirlo. Parecía inminente la caída al vacío.
Mamoudou no se lo pensó dos veces y como gacela trepadora salvó la distancia de la calle al balcón en diecisiete segundos.
Con increíble pericia y sin pensar en afianzarse el mismo en lugar seguro izó al niño y lo puso sobre el suelo del balcón.
La gente comenzó a aplaudir. Segundos después las sirenas de la policía atronaban el ambiente. Fue en ese momento cuando Mamoudou se sintió perdido.
Él había arriesgado la vida por un niño desconocido, pero no quería ser expulsado. El miedo y la confusión le invadieron. Sin embargo Francia le tenía reservada una sorpresa: el agradecimiento y acogimiento oficial por su heroico comportamiento.
Mamoudou contempló una vez más el horizonte. Mali resonaba en su pecho como un tambor. Poco a poco los latidos se le fueron acomodando a la sonrisa del niño que acababa de rescatar.
Francisco Limonche Valverde
Fotografia tomada de PÚBLICO, www.publico.es
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