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Repensando el mañana. 30 de enero de 2021

Repensando el mañana.

Magnifica entrevista que tuvo lugar el pasado miércoles 27 de enero en Fundación Telefónica, realizada por Iñaki Gabilondo al neurólogo Facundo Manes. 

https://youtu.be/BSAmeWCQOlU

No la he terminado de ver; lo haré más tarde y sin embargo me adelanto a recomendarla.

El covid ha cambiado el emplazamiento donde estaba situado nuestro mañana.

La vida cada cual la contempla a través del filtro de sus creencias, prejuicios y tribu en la que ampararse. 

Si la tribu afirma que no existe el calentamiento global o que nada hay que cambiar,  prevalece esto sobre el raciocinio o el corazón.

En marzo del 2020 la naturaleza estalló y dejó en evidencia la desnudez de la fragilidad humana.

Yo pensaba en un mañana con los miedos del presente. Ahora atisbo otros inesperados, en los que pese a las advertencias de los últimos años, apenas si ha cambiado el comportamiento humano, salvo el comportamiento ejemplar e individual de cada vez más seres entregados y organizaciones solidarias.  

Diógenes global, !la masa creada por el hombre casi supera la natural! Ladrillos, asfalto, metales o plástico están a punto de superar 1.100.000.000.000 toneladas: lo mismo que la biomasa y a un ritmo de crecimiento antropocéntrico de 30.000.000.000 toneladas anuales. 

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/objetos-creados-por-hombre-ya-pesan-mas-que-todos-seres-vivos-planeta_16157

Creo no obstante que puede haber luz al final de este túnel de agobio. Por fuerza ha de basarse en la cooperación, compasión y resiliencia de una gran mayoría de seres humanos. Al menos eso espero y en ello sustento mi fe.

Un abrazo amigos. Buen día.

FLV

 

EN UNA NOCHE OSCURA, martes 6 de octubre de 2020

EN UNA NOCHE OSCURA (escrito hace más de un año)
Todo lo vivo en algún momento ha de morir. Todo lo ordenado en algún momento ha de perder su orden y no recuperarlo. La entropía se manifiesta tanto en lo infinitamente pequeño como en lo infinitamente grande, ya en el fotón que transmuta en onda o corpúsculo, ya en la galaxia o en los universos que se expanden y evolucionan de lo denso a lo sutil.
De igual manera sucede con los cuerpos que nos contienen. Apenas se producen sus alumbramientos, estos comienzan a morir y disolverse en los pliegues del tiempo.
Surgimos de una probabilidad cercana al cero, cien mil óvulos potenciales como promedio y unos mil espermatozoides por segundo pugnan por encontrarse en la existencia de cada ser humano. Para que cualquiera de nosotros seamos nuestros padres han debido de elegirse entre cientos, tal vez miles de candidatos en encuentros que podrían tanto haber sucedido como no.
Esta circunstancia nos debe de hacer reflexionar sobre la increíble suerte de existir. Si lo hacemos desde una probabilidad cercana al cero, quizás deba de haber una buena razón para ello.
No obstante, la vida no surge de forma evidente. Aparentemente lo hace de manera fortuita y sin propósito.
El cuerpo emocional muta con cada experiencia; el mental adquiere información pensamiento a pensamiento; el físico se desmorona con la edad y el ánimo acumula mochila sobrecargada de fracturas emocionales, que dificultan la marcha.
El conocimiento no da la paz. Seguramente hace menos ingrata la ruta, pero no serena la búsqueda ni asegura el camino. La muerte es la última de las etapas. Morir no es lo que parece, dice un gran psicólogo clínico al que tengo aprecio. Hay una parte en la que coincido con él y otra en la que no le entiendo. Asumo que la experiencia clínica diaria aporte paz tanto a quienes comparten sus instantes finales, como a los expertos y delicados profesionales que los acompañan; sin embargo, el tránsito que se sepa se ha de hacer sólo y sin ensayo previo.
No hay asidero, salvo la confianza o la fe en una existencia distinta tras esta; no obstante, el hilo del que esta pende es tan frágil que cualquier viento súbito lo desgaja sin piedad.
Hay pocas certezas y demasiadas suposiciones. Certeza de que tenemos las respiraciones contadas y que tal vez no pensamos, sino que somos pensados: cultura, lugar, familia.
En ocasiones vivimos ensoñaciones de libertad o de albedrío: la infancia idealizada, la juventud y vigor de otros tiempos, que en realidad probablemente nunca han existido como tal. Apenas se profundiza más allá de lo aparente, se encuentra un niño atrapado que quiere expresarse, perdido en las moradas del laberinto.
Hay niños tan lastimados, que no intentan siquiera cruzar a la siguiente habitación. La timidez se torna así en cobardía y la vida en acto de supervivencia.
¿Se puede salir del interior de uno mismo? Probablemente haya quien lo consiga y retorne del otro lado para anunciarlo; pero quién lo va a creer de verdad?
El hijo del hombre lo hizo y proclamó su esperanza en un mundo nuevo. Junto a él un par de ladrones. Uno le insultaba; el otro le pedía “acuérdate de mí cuando entres en tu reino”.
Ese par de ladrones se hallan dentro de cada uno de nosotros; el ladrón malo lo conforman los pensamientos comunes, repetitivos y molestos; el ladrón bueno los sentimientos que enternecen conciencia y alma.
“En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” Esa es la tabla de salvación a la que me aferro; en especial cuando el dolor supera todos mis diques de contención.
Sufres por la Tierra, por el hijo desconectado; por la incapacidad que tienen los gobernantes de entenderse; por la incapacidad incluso de entendernos con los cercanos y por la contradicción permanente en la que transcurre la mayor parte de nuestra existencia.
El día de mañana será simétrico al de hoy a menos que hagas el heroico esfuerzo de desplazarte una milésima de tus pensamientos a derecha o izquierda.
Le gritas entonces a Dios de todas las formas en las que crees puede escucharte, aunque este nunca responde. Es un intangible que sientes en lo profundo del corazón y no tocas, ni oyes ni hueles ni acaricias.
A la tarde te examinarán en el amor, dice Juan de Yepes: aprende a amar y deja tu condición. ¿Cómo aprender a hacerlo, si la vida no te concede dos días seguidos de paz? Miles de pensamientos y pocos amables.
Es una encerrona; una matrix; un cerebro gigante enfermo el que nos gobierna. En la noche solitaria la oscuridad golpea con saña y el sueño recrea escenarios tan confusos que no existe luz suficiente para poder iluminarlos.
¿Quién nos ha encajado en esta escafandra carne prisión? ¿Es en verdad necesaria una escafandra para navegar por los océanos de la vida?
Quisiera rendirme y dejar de buscar. No tiene sentido. Llegas a un umbral imposible de traspasar. Nuestros sentidos apenas perciben la realidad más allá de una estrecha franja de supervivencia. Somos ciegos que creen ver, tanteando con bastón imaginario los pasos de cebra del alma.
¿Pero cómo rendirse si la inercia te lleva a seguir indagando?
La Tierra grita, las aguas se agitan y el clima desencadena sacudidas de tormento.
Hubo un tiempo en que ensoñaba el entendimiento y la concordia. Ahora aguardo impaciente otras esperanzas.
Me duele la Tierra, me duelen los anhelos y ni bosques ni espesuras se me ofrecen en serenidad suficiente como para enfocar un segundo la mirada y apreciar lo cierto de lo irreal.
La inmensa información disponible en las redes; el constante avance de la ciencia y las continuas distracciones del presente llegan a hacer mella en mi propósito de caminar sin ruido.
Dios está escondido y resulta complicado dar con él. Sé que al atardecer seré examinado en el amor. He procurado aplicarme en esto siguiendo a Juan de Yepes, a través de la ciencia, religión y la nada.
Concluyo con él que la nada es realmente la vía; pero al tiempo es noche oscura y vacío de espanto.
Una noche de verano soñé que había fallecido. El sueño era tan auténtico que aún siento escalofríos cuando lo recuerdo. Me vi caminando por un pasillo largo y oscuro. Había muerto en mitad de la noche. Sentí como me pesaba la vida y el vacío de lo vivido. Grité; comencé a golpear las paredes de un pasillo largo y oscuro. Desperté, los nudillos de la mano derecha ensangrentados y el corazón en tambor.
Si este fue sueño de nada, en amor me di a mí mismo por suspendido

LA ALEGRÍA DE UN FUEGO SIN SOMBRA, 2 de octubre de 2020

LA ALEGRÍA DE UN FUEGO SIN SOMBRA, 2 de octubre de 2020

La luz que sale del sol llega a la tierra al cabo de ocho minutos y veinte segundos, tras un recorrido de ciento cincuenta mil millones de kilómetros. Da vida, calienta y proyecta sombra allá donde incide: minerales, vegetales o animales. Es el único fuego que lo hace. Para comprobarlo basta con encender una cerrilla en un lugar oscuro y ver que da sombra el palito y no la llama.

No hay oscuridad en el corazón humano sino ausencia de luz. He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido! (Lucas 12, 49-53), dice el Maestro. El sol que nos habita emite y encuentra a su paso moradas oscurecidas, tan necesitadas del abrazo y la alegría como el más amoroso de los humanos. La ausencia de sol en lo interno es la única sombra que nos acompaña. Busca ser reconocida, sentir el gozo que proporciona la atención y retornar al origen donde todo es una misma cosa.

Vivir es un milagro. El doctor Ali Binazir realizó hace unos años un estudio para la Universidad de Harvard, respecto de las probabilidades de que cada ser humano exista. El resultado es cercano a cero. Una mujer fértil genera unos cien mil millones de óvulos en toda su existencia; el hombre cuatrocientos mil trillones de espermatozoides. Si a estas astronómicas cantidades añadimos las múltiples coincidencias que se deben de dar para que se produzca la concepción, se ha de concluir por fuerza que la vida supone el mayor regalo que el cielo nos pueda ofrecer.

Una persona que pese unos setenta quilos está conformada por unos siete mil millones de billones de billones de átomos; ladrillos básicos del cuerpo humano. Ni uno sólo de ellos permanece al cabo de siete años. Jamás existe una versión definitiva de lo que somos, tal que las gotas de agua que nunca caen o vuelven a discurrir por el mismo lugar.

Cada latido, de los tres mil millones como promedio que tenemos asignados, es música para la Madre Tierra. La letra tiene nombre de mujer: Chon, carbono, hidrogeno, oxígeno y nitrógeno. Somos Tierra en movimiento. Reconocernos en ella es sabernos eternos, alegres y agradecidos.

La alegría y gozo tras este hallazgo surgen de lo trascendente: el que proporciona la conciencia despierta. El mundo tal vez no sea comprensible. Hay un límite en el entendimiento humano. Por mucho conocimiento acumulado, se vive por aproximación.

Probablemente nada sea tal cual parece, aunque en ocasiones actuemos como si en realidad supiésemos de qué va la cosa. Sin embargo, lo que sí somos es conscientes de la capacidad que la vida nos brinda en abundancia: la oportunidad de amar y ser amados hasta el último momento, quizás la única y verdadera razón que de sentido a los sinsabores de muchos de nuestros desconciertos.

La felicidad de amar y ser amados se forja en las entrañas maternas y se redescubre como llama encendida en el primer amor. Este sentimiento permanece hasta el último de los latidos, por mucho que el tiempo doble en esquinas y el alma se deshaga en jirones.

En realidad, es el Ser quien se enamora de sí en el reflejo perfecto de la luz amada.

Hay un síndrome que experimentan algunas personas ante la belleza extrema: un amanecer, una obra de arte, paisaje o sonrisa hermosa: el síndrome de Stendhal, que lleva en muchas ocasiones al desmayo por sobrecogimiento de quienes lo experimentan.

Cada amanecer, cuando el nuevo día nos reciba tras el sueño de la noche, debiéramos de dar las gracias al cielo y gozar de cuanto nos rodea, extasiados como quien contempla una obra sublime.

Dice el Maestro Que quien busca no deje de buscar hasta que

encuentre, y cuando encuentre se turbará, y cuando haya sido turbado se maravillará y reinará sobre la totalidad y hallará el reposo, papiro egipcio de Oxyrhynchus, Evangelio de Tomás.

Del túnel del útero materno al túnel del otro lado, la vida es búsqueda y aprendizaje. No hay posibilidad alguna de dejar de hacerlo, hasta tanto no se halle lo anhelado.

No obstante, más pronto que tarde ha de llegar el momento en que se escuche la canción del retorno. Cuando así suceda la luz, el amor y la armonía se fundirán en Dios y la búsqueda habrá finalizado.

 

Fotografía tomada de https://www.actividadeseducainfantil.com/2017/03/experimento-el-fuego-sin-sombra.html?spref=pi

EL YELMO Y LA NUBE, 29 de septiembre de 2020

EL YELMO Y LA NUBE, 29 de septiembre de 2020

EL YELMO Y LA NUBE
Resultaba difícil abstraerse ante tanta belleza. La nube acariciaba la cumbre del Yelmo envolviéndola como si de una gran lenteja iridiscente se tratara; fenómeno atmosférico que conforma el aire húmedo que asciende en vertical.
El lugar se halla entre los más visitados por gran número de escaladores y senderistas de la sierra de Guadarrama.
Su extraordinaria visión serenó nuestra marcha y nos mantuvo por unos instantes en intima comunión con el entorno.
El grupo lo constituíamos diecisiete personas jubiladas de ambos sexos. Doce elegimos ascender los riscos humedecidos; el resto optó por decantarse por una senda más suave, a la espera de coincidir todos a la hora de comer en el lugar previamente establecido.
El granito del Yelmo tiende a rosado y asemeja desde el sur la celada de un gigante, de mayor envergadura y más temible que aquellos que combatía con denuedo el inefable Don Quijote de la Mancha.
Al hidalgo le hubiera resultado complicado acceder a la cima, escarpada y resbaladiza. A nosotros también. Cualquiera que nos viera se hubiese echado las manos a la cabeza. En un par de ocasiones estuvimos a punto de volver sobre nuestros pasos. No lo hicimos. Dos batallaban en lo interno: el Sancho pragmático, que sólo veía grandes farallones de complicado ascenso y el de la triste figura, espada en mano dispuesto a combatir contra el sinfín de pensamientos que le asediaban.
Las únicas criaturas que subían sin esfuerzo alguno eran las cabras, aferradas a las laderas como si tuviesen ventosas.
Llegar a lo alto nos resultó fatigoso. Dimos sin embargo por bueno el esfuerzo. Postrados en la base del enorme granito los colores matizaban destellos semejantes a luces celestiales.
“¿Os imagináis que de repente bajasen unos extraterrestres?”, bromeé.
“Me encantaría. Sería la ocasión de pedirles lluvia suave y abundante; ríos y mares limpios, aire puro y paz en la Tierra”, dijo uno del grupo.
Su respuesta indujo en mí una extraña melancolía. Resulta evidente la sequedad y falta de brío de la vegetación estresada de la Sierra de Guadarrama.
Permanecimos en silencio. En aquel momento no éramos conscientes de la influencia que ejerce lo profundo en lugares sagrados.
En el grupo dominaba el arrojo y una cierta dosis de testosterona, pese a la evidencia entrópica del transcurrir de los años. Pese a ello el silencio de la paz acunó nuestros ánimos.
En algún instante un rayo de luz se deshilachó esparciendo diminutas estrellas. Sentí escalofríos y ganas de llorar. A nuestras espaldas Manzanares el Real y algunas de las edificaciones que mancillan el parque de la Pedriza.
La jara pringosa, el cantueso, el rosal silvestre y el romero perfumaban la tarde. El palpitar doliente de la Tierra sacudió tres veces mi pecho. Mentalmente supliqué en sentida oración: “por favor, hermanos del cosmos, ayudad a la madre Tierra”

FRANCISCO Y EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO, 27 de septiembre 2020

FRANCISCO Y EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO, 27 de septiembre 2020

FRANCISCO Y EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO
Una visión en tercera persona en los tiempos del covid
Francisco disfruta de los pequeños detalles de lo cotidiano: el sol del atardecer, un paseo por el parque, la conversación con un amigo o ir de la mano de su esposa como si fuesen novios. Esto ocasionalmente le aplaca los desasosiegos que de tanto en tanto le inducen algunos desagradables pensamientos.
La vida transcurre del túnel del parto al de la dimensión sin retorno. En el trayecto, si uno es observador, puede descubrir todo tipo de experiencias, desde la de quien cierra los ojos y disfruta sacando una mano por la ventanilla del alma, hasta la del que a todo se le hace angustia. En el primero de los casos, la brisa y el placer inmediatos conllevan al sosiego; en el segundo la existencia se transforma en miedo insoportable.
Francisco tiene muchos. Miedo a morir, miedo al propio miedo e incluso miedo a la vida misma.
Colabora con una ONG para la inserción sociolaboral de personas en riesgo de exclusión social.  Tan sólo este compromiso de voluntariado le aporta más de lo que él ocasionalmente pueda ofrecer. No obstante, de tanto en tanto le agita la impotencia de no ser capaz de ir más allá de consejos y experiencias inconclusas.
Tenemos las respiraciones contadas, se dice a sí mismo: ¡aprovéchalas! Claro, pero ¿cómo?, se responde al instante.
Una madrugada de verano, junio de dos mil dieciocho, despertó en mitad de un sueño que le llevó a una gran inquietud. Con una claridad tan perceptible como si estuviese en vigilia, se encontró de repente en un pasillo largo y oscuro. Un sudor repentino le inundó el rostro y un relámpago de vacío traspasaba su ser de pies a cabeza, al cerciorase de que había muerto. Gritó horrorizado. En las espaldas el peso del mundo y en el alma el hueco de la nada.! Dios mío he muerto sin enterarme ¡
Como quien se observa en una película, se percibió a sí mismo como el actor de pantalla en un cine de verano. La historia era la de un chico de unos nueve años, en sucesión de escenas de la vida diaria deslizándosele a velocidad de vértigo.
De manera inesperada se vio en la fragua de tío Luis, donde de niño se afanaba con el fuelle para mantener el fuego encendido.
El tío Luis era un artista y a él el fuego le fascinaba. Lenguas amarillas que pugnaban por expresarse en el lenguaje de las mariposas. Algunas parecían decirle hola; otras simplemente fluían y tornaban en figuras fantasmagóricas.
Se encontraba en su pueblo, Villanueva de los Infantes, pequeño universo en el que viera la luz primera y el único del que tenía noticia.
Luces macilentas de bombillas cada cincuenta metros, candiles en algún que otro portal; un carro cargado de melones y una acera polvorienta, en la que tumbarse al alcanzar la noche. El marco ideal. Boca arriba y maravillado por la oscuridad del cielo, se dejaba mecer entre volutas sutiles, preñadas las más de las veces de ensueños de estrellas.
Ya por aquella época la idea de la muerte le llevaba al profundo temor de lo que se desconoce y teme hasta el extremo.
Los miedos irrumpieron y quebraron su inocencia una tarde en la consulta del médico. Un chico de unos seis o siete años, que aguardaba turno junto a él, comenzó a temblar y echar espuma por la boca. Angustia, carreras; desesperación. Quedó petrificado, sin atreverse a mirar y sin poder reaccionar de forma alguna.
La muerte ajena le llegó sin previo aviso, hasta romperle lo que se tiene de frágil muy adentro.
Su madre despavorida salió de estampida con él de la mano apenas tuvo ocasión de hacerlo.
El pintor de vidas, que tiñe los tiempos, dibujó palidez repentina en los rostros de tan trágico cuadro. El doctor desbordado perfilaba contraste junto al semblante cetrino del niño arrebatado por un viento oscuro. Nada se pudo hacer, excepto gritos desgarradores e impotentes que le sacudieron el alma para siempre.
Hijo, le dijo su madre, ese niño ha muerto y todos podemos morir en cualquier momento. Hace años, en el verano de mil novecientos cincuenta y tres, tú mismo estuviste a punto de morir en una noche de mucho calor.
Contabas poco más de doce meses. Tenías afilada la nariz y morados los labios. El día anterior había fallecido un vecino dos casas más abajo. Les pedimos a los familiares las sillas tras su entierro. Tu funeral estaba dispuesto y hasta elegido el que iba a ser tu ataúd. Estabas muriendo deshidratado por un golpe de calor. El médico llegó a ponerte seis o siete bolsas de suero en la tripa. Cuando peor te encontrabas tú cara se puso como la de ese chico.
Cuando ya esperamos el último suspiro, pediste agua. Tu padre humedeció un pañuelo y te vertió unas gotas en los labios. Comenzaste a tomar color y volviste a la vida. Regresaste de la muerte.
¿La muerte? ¿Qué era la muerte si ni siquiera sabía qué era la vida?, madre, no lo entiendo.
La muerte, en su recién estrenada mente de niño, era la nada, un agujero negro y profundo de un lugar al que no se acierta siquiera a poner nombre.
La película continuaba en pantalla. De un cuadro a otro y todos a gran velocidad. Al poco se vio, cumplidos ya los catorce, paseando e imaginando dónde empezaba y acababa el cielo.
La perspectiva le resultaba tan hermosa como desconcertante. 
¿Cómo podía imaginar cosas tales? Si todo lo que veo, se decía, está dentro de una caja, habrá otra más grande en la que quepa la pequeña?. Así acumulaba más y más cajas hasta que la angustia le hacía desistir. ¿Por qué la muerte? ¿Cuán de grande es el cielo?, las preguntas le desbordaban.
Sumido en tales cavilaciones, del pasillo largo y oscuro fue deslizándose progresivamente hasta situarse en otro, que al poco le resultaba familiar. Se encontraba en el pasillo del colegio San Rafael, en la Universidad Laboral de Córdoba. Había comenzado sus estudios de formación profesional.
Retazos e imágenes relampagueantes de este primer contacto estudiantil, en septiembre de mil novecientos sesenta y seis.
Un tren especial cargado de chicos le recogía en Valdepeñas, ya de anochecido.
Horas de trayecto que se le hicieron de dulce de leche, chupando del bote de condensada que su madre le había dejado en la bolsa de los bocadillos.
El amanecer le recibía con labios pegajosos, descendiendo por el terraplén de las vías del tren, próximas a las instalaciones de la universidad laboral.
De resultas de aquel cuadro se descubrió en otro con zapatillas prietas, los dedos de los pies sangrando y el impulso de vencer un accidentado desnivel agarrado a una desvencijada maleta.
El gran patio central, flanqueado por seis grandes colegios, le impresionó.
Le asignaron una habitación, en un primer piso, compartida con siete u ocho chicos de su misma edad.
Uno, que luego sería su mejor amigo, le preguntó cómo se llamaba.
Yo, Francisco, y ¿tú?, José, respondió éste.
José se fue al otro lado del túnel sin haber cumplido los sesenta.
Colocar vuestras ropas en las taquillas, les dijeron. Comprobar que tenéis cosidos los números indicados a vuestros padres.
Cinco años en la universidad laboral de Córdoba. De los catorce a los diecinueve.
En esta etapa de preadolescente se enamoró de Dios y se enfadó consigo mismo. No acababa de entenderse ni entender, y algunos mensajes le confundían.
Masturbarse es un pecado grave y además se os caerán las manos, les advirtieron los dominicos.
Se mantuvo escrupuloso en no pecar, aun cuando la naturaleza se empeñaba en dibujarle sábanas de colores.
El amor a Dios le vendría de sentirle en lo profundo y del hábito, que nunca le abandonaría, de contemplarle en el infinito y hablar con él elevando al cielo la mirada.
Sufría por la lejanía de los suyos y de melancolía. Él era un niño de natural inquieto, permanentemente insatisfecho y Villanueva de los Infantes le quedaba muy lejos.
En su sentir se fue haciendo a la idea de que Dios le había enviado a la Tierra para experimentar el dolor.
Sin embargo, él era su hijo y por tanto un príncipe. No tenía por qué vivir aquello.
Padre, ya he aprendido, clamó en más de una ocasión, ven por mí. No lo soporto.
Y en esto le sorprendió el amor de una niña a los dieciséis.
Le vino tras un choque de sonrisas. Desde la primera mirada no pudo apartarla del corazón. Quedaría atrapado por eones en una nube de caramelo. Luego la vida trazaría en ambos surcos inesperados.
El sueño, la vida, el amor…
Los libros se le deslizaban como agua entre los dedos; la atención en el estudio conseguía mantenerle en alerta poco más allá de los tres minutos.
Francisco, baja ya de la nube, que estás en Babia, le advertían de cuando en cuando los educadores.
Y no era en Babia sino en la libertad de un algo indefinible donde pretendía continuar.
La vida era juego y alegría; embobarse deleitarse al contemplar el vuelo de las golondrinas, caminar por diversión, mirar al cielo, tener amigos y jugar o llorar si se terciaba, sin sentirse mal por ello.
La idea de la muerte por el contrario le llevaba a la agonía e impotencia de lo injusto; a no asimilar padecimientos, enrabietarse y sentir ganas de arrancar una a una las barbas del propio Dios.
Una furia desatada le explotó como una bomba. Comenzó a golpear la pared cercana. Sangre en los nudillos.
¡Dios mío, cuánto me pesa todo¡, exclamó. Una de sus sobrinas pareció escucharle.
Dile a Sagrario que la quiero, pidió. 
Su sobrina asintió. José, su amigo, y el niño de la consulta comenzaron a difuminársele.
Despertó; temblaba pese al calor de un verano sin tregua.
La mano derecha magullada y la sensación de haber vivido algo más que un sueño le mantuvo el resto de la noche en vigilia.
Ya de amanecida una imperceptible sacudida se apiadó de él. La mañana le daba respiro. Rezó un padrenuestro, inspiró con intensidad agradecida y se encomendó a su madre. Fuera el sonido de la vida regalaba sus oídos.

MORIR, DORMIR; TAL VEZ SOÑAR, 24 de septiembre de 2020

                MORIR, DORMIR; TAL VEZ SOÑAR

 

FLV

 

Día siete de abril de dos mil veinte. Nueve de la mañana. Apoyada en el marco de la ventana Sagrario toma el sol. Esta noche he soñado que la había perdido y debía de dar cien mil pasos para encontrarla.

 

Huele a ozono; brillan verdes las hojas del álamo. Del jardín asciende el aroma de la hierba y un silencio sosegado parece inundarlo todo. Tengo la impresión de estar en otro lugar y vivir en otro tiempo. El mundo paralelo de los sueños hace posible vagar a voluntad y percibir con mayor grado de detalle cuanto uno pueda imaginar despierto. Llevo tiempo cuestionándome si el soñar sea la vida auténtica y la vigilia los sueños de los sueños. Desde tan privilegiada panorámica y con el convencimiento de ser el que me piensa, intuyo ser también el que me sueña mientras duermo.

 

En la noche que recién termina he transitado a conciencia por los cielos sin filtros. Desplegados a voluntad contemplo el brotar de increíbles puntos de inmaculada luz, semejantes a soles diamantinos. La belleza me estremece al tiempo que un profundo agradecimiento me inunda el pecho.

 

Antes de despertar; no podría precisar si en duérmela o estado alterado de la conciencia, hundido el colchón por el peso, adivino la presencia de seres que me resultan familiares y dicen algo que al despertar no recuerdo. Sagrario lleva rato despierta. No sé todavía si sea consciente de que hemos compartido un sueño.

 

Pretender resumir en unas líneas lo más relevante se me hace complicado. Tan natural soñar y tan difícil transcribirlo. ¿Cómo hacerlo desde la profunda experiencia de lo dual? Podría sintetizarlo desde la perspectiva de dos sentimientos opuestos: la alegría de saberme amado y la angustiosa tensión de ser incapaz de avanzar un milímetro, los pies congelados y la colcha en el suelo a raíz de las innumerables patadas propinadas por doquier. Estas vivencias aun palpables, me llevan a concluir que sea en el abandono y en las manos de Dios donde hallar solución a las situaciones más complicadas.

 

Para dar con el paradero de Sagrario hube de respirar y transformarme en una especie de personaje semejante al que interpreta el actor Patrick Swayze en la película, Ghost “más allá del amor”. En una fracción de segundo, me vi atravesando paredes y recorrí la ciudad a velocidad de vértigo. La ciudad y la calle eran las mismas; sin embargo, las cosas no se encontraban tal como las habíamos dejado; ni el coche donde antes estaba.

 

Desde un balcón una mujer a la que nadie parecía ver me dice que he dado diez mil pasos y son cien mil los que hay que de dar. Comienzo de nuevo, con la inquietud creciente de no saber adónde dirigirme. Cada movimiento es lento e interminable y hay lugares por los que no puedo pasar. Me veo en el dilema e impotencia de no avanzar y quedar encajado entre dos paredes. Paso de la alegría al llanto y de este a la desesperación por no entender cuanto sucede. Alguien me susurra la palabra “entrelazamiento”, propiedad de la que gozan las partículas elementales que han estado en algún momento unidas, para comunicarse de manera instantánea con independencia de la distancia, ya sea esta de aquí al infinito. Yo soy uno con Sagrario. ¿Dónde estás, cariño?, inquiero mentalmente. No hay respuesta; no obstante, veo como se proyecta un halo de luz al que decido seguir. Conduce a un túnel o pasillo por el que corro, sudo, y pataleo sin hallar rastro de persona alguna. A ambos lados del mismo líneas que se entrecruzan, casas de cristal, paralelas infinitas; estratos, reminiscencias de cuanto alguna vez imaginé o soñé expuestos sobre una gran pantalla.

 

Contemplo mi vida en perspectiva y creo escuchar en la lejanía el eco de una voz que me reclama. Tal vez sea la voz de Sagrario; no me da tiempo a saberlo porque despierto sobresaltado y empapado en sudor. De manera autómata y con la intención de distraer mis pensamientos enciendo la radio. La muerte en el dial, impúdica y natural retorna con crudeza al coronavirus de cada día y por un instante dejo de pensar e incluso de soñar. Es justo cuando me golpea el rayo de un pensamiento y me hace revivir el sueño de dos años atrás.

 

Mediados del mes de junio de dos mil dieciocho; no sabría precisar el día concreto. En la noche de Madrid el calor aprieta lo indecible. Trato de dormir. Pasadas varias horas sin lograrlo caigo rendido por la fatiga. Poco después despierto con la certeza de haber fallecido. Nadie pueda imaginar, al menos hasta tanto no lo experimente, que supone verse sin cuerpo, el peso inmenso del vacío doblándote la vida; sin sentir otra cosa salvo la carga de una gran mochila rellena de absurdo. Aporreo la pared con furia. Al principio no percibo dolor alguno, hasta que empapado en sudor y el corazón en un puño despierto con la mano derecha ensangrentada. Entiendo que hay un algo que enlaza ambos sueños. Tal vez morir; tal vez no; o tal vez el coronavirus convertirse por contra en el gran aliado que muestre el auténtico camino de la vida. William Shakespeare, lo anticipó hace siglos, y digo como él: Morir, dormir: dormir; tal vez soñar.

TU NOMBRE ME SABE A FRESA, DULCINEA, 20 de septiembre de 2020

TU NOMBRE ME SABE A FRESA, DULCINEA, 20 de septiembre de 2020

El Salón de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge de nuevo la lectura continuada de El Quijote. Doce de la mañana del día doce de abril del año dos mil. Invitados y público tratan de acomodarse en los mejores emplazamientos para disfrutar del gozo de la lectura compartida.
Decenas de cámaras de televisión y fotógrafos pugnan por el encuadre. Un conato de tensión se desata entre un camarógrafo y un reportero gráfico. Los organizadores alejan a este último entre gritos. Poco después la calma retorna por completo con la lectura del primer párrafo del más universal de los libros.
El cálido acento de Jorge Edwards, premio Miguel de Cervantes mil novecientos noventa y nueve, activa de inmediato la imaginación de quienes atentamente le escuchamos. Embelesado me siento transportar a esos tiempos en los que el hidalgo cabalgaba combatiendo las injusticias de este mundo.
Soy manchego y dado a la fantasía. No me resulta difícil descubrir a Dulcinea entre el público. Se ha disfrazado de periodista. Me acerco a ella:
- Hola. Resulta emocionante la lectura. Es como si de la boca de Jorge Edwards fluyeran palabras de otros tiempos, le digo un tanto cursi.
No responde. Sonríe; toma notas en un cuaderno. Un tanto sonrojado vuelvo sobre mis pasos.
Me acomodo en la cabina de control, desde donde superviso la retransmisión del acto.
Los lectores se suceden a intervalos de dos o tres minutos. Los hay de voz grave y bien timbrada, niños o ancianos de musicalidad y también quienes se enredan con alguna que otra palabra de difícil pronunciación. Sin embargo, resulta destacable el respeto en el turno de lectura, que asemeja más a una liturgia sagrada que un acontecimiento cultural. Es tal el sosiego y ronroneo, que por instantes me veo flotar en el vapor del ensueño, a la vez que arrobado fijo la mirada en Dulcinea.
Su perfil podría pasar por el de la propia Minerva, diosa de la sabiduría, las artes y protectora, que preside el Círculo de Bellas Artes. En realidad, tal vez sean la misma persona, estilizada, bella y esbelta, como la hija de Zeus.
Mi cometido es coordinar las videoconferencias, real audio, real video y telefonía de los participantes situados en diferentes lugares de España y del mundo. Las telecomunicaciones son esenciales y facilitan a quienes se encuentran lejos la participación en la lectura, ya se encuentren en barco, avión e incluso alojados en la estación orbital.
Todo discurre con normalidad y la experiencia de años anteriores hace que por unos segundos me relaje y disfrute del acto. Imagino a Don Quijote refiriéndole a Sancho sus consejos para gobernar Barataria “has de poner los ojos en quién eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse”
¡Cuánto hubiese deseado que me hablasen a mí de esa manera¡ Años de rastrear en busca de conocimientos sin llegar a otras consecuencias que la de acumular datos y calentarme la cabeza.
Don Quijote es un loco muy serio que te toca el corazón. Aconseja y no aplica, salvo la honradez de ser fiel a un ideal y a la mujer que ama. Cree luchar contra molinos y es contra sí y su sombra con quienes lo hace.
Llego a la conclusión de que en el ser humano habitan dos, uno es Quijote; el otro Sancho. Al primero le guía la conciencia; al otro los apetitos y deseos mundanos, si bien ambos comparten un tanto uno del otro.
Llega la noche y la bella Dulcinea prosigue sonrisa en ristre atenta a cuanto acontece. Quisiera decirle algo, pero me refrena la timidez y el respeto que le debo al caballero.
"Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros"
Así quisiera obrar yo con Dulcinea si esta no tuviera galán que la rondara.
Poco después de dibujárseme este el pensamiento la diosa se levanta, viene hacía mí; levanta mi mentón y me da un beso de fresa en los labios.
Las tres de la madrugada. Adormilado la busco. Dulcinea ha desaparecido, aún el cálido aroma de sus labios en los míos. Dios mío, ¡que pronto acaban los sueños ¡

DE MADRID A SANTIAGO Y UNAS GAFAS PARA EL CAMINO, 18 de septiembre 2020

DE MADRID A SANTIAGO Y UNAS GAFAS PARA EL CAMINO, 18 de septiembre 2020

DE MADRID A SANTIAGO Y UNAS GAFAS PARA EL CAMINO

El veintiséis de marzo de dos mil ocho inicié un Camino de Santiago en compañía de dos amigos. Salimos de Madrid alrededor de las ocho de la mañana. Las tres primeras etapas las hicimos regresando en autobús a casa. Las diecinueve restantes, desde Segovia, lo fueron pernoctando en pensiones y hostales hasta llegar a nuestro destino.De entonces a hoy, veintidós de febrero de dos mil veinte, han transcurrido doce años.En dos mil ocho me encontraba en mitad de travesía de una larga noche oscura, manifestada en súbitos ataques de pánico y agorafobia. A nadie dije de esto, ni se me ocurrió pedir ayuda. Tampoco la solicité a mis compañeros de viaje. Quizás debiera de haberlo hecho. Desde el primer al último de mis pasos intenté adaptarme y sobrellevar los episodios de temor, que inevitablemente me invadían cada vez que me encontraba lejos de algún potencial lugar de ayuda.Cuando el pánico sobrepasaba mis diques de contención sentía que iba a morir; echaba en falta el aire y pensaba que el corazón acabaría estallándome sin remedio.Mis compañeros me veían entonces hacer cosas extrañas, como acelerar o retardar la marcha sin motivo, rascarme la cabeza tal que tuviese piojos o quitarme y ponerme las gafas infinidad de veces. En ocasiones esto me resultaba insuficiente y miraba sin descanso el móvil, aun a riesgo de descalabrarme, con el fin de mantener la cabeza ocupada y huir del descontrol al que me llevaba la cabeza.Una de las razones por la que quise hacer el camino en una situación anímica tan vulnerable, fue la de afrontar en compañía segura la ansiedad a la que me inevitablemente me conducen los espacios abiertos.Si en el horizonte atisbaba una casa, un tractor o cualquier otra cosa que creyese me garantizase una evacuación rápida, serenaba mis pasos y disfrutaba del paisaje.La primera etapa Madrid Colmenar Viejo discurrió en relativa tranquilidad. Fue en la segunda donde sufrí e hice sufrir a mis acompañantes el primero de los sustos.El tren de cercanías nos dejaba poco después de las siete y media en la estación de cercanías. Inmediatamente comenzamos a caminar sin detenernos salvo un fugaz instante en una ermita cercana.El peregrino experimentado sabe que la mochila no debe de exceder del diez por ciento de su peso corporal. La mía pesaba unos diez kilos siendo que mi constitución era de poco más de setenta.Llegamos exhaustos y sudorosos a Navacerrada; yo además temblando por el esfuerzo y el estrés. Paramos a comer en el restaurante Espinosa. Conocíamos a la dueña de algunas marchas clásicas por la Barranca.La comida en Espinosa es casera y recia. Nada más tomar asiento pedí una cerveza.Para comer mis compañeros optaron por un cocido, yo por una ensalada y una rodaja de merluza. Bebí agua muy fría. Apenas terminar de comer sentí que me mareaba. Me levanté sin decir nada y fui al baño a mojarme la cara. Salí dando trompicones y hube de apoyarme en una pared cercana. Todo me daba vueltas. Poco después perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba tumbado en el suelo con los pies en alto, bajo la atenta mirada de mis compañeros y la señora del bar.Sufrí un corte de digestión, que afortunadamente no llegó a mayores. Una vez más o menos repuesto, salimos de allí y uno de ellos se echó mi mochila al hombro, manteniéndose a mi lado hasta llegar a Madrid:-     ¿Crees que te encuentras en condiciones de seguir?, preguntó.-       Claro, respondí.Al día siguiente proseguimos desde Cercedilla, en lugar de hacerlo desde Navacerrada. Nuestra idea era llegar al Puerto de la Fuenfría cruzando las Dehesas. Poco a poco fuimos dejando las últimas viviendas habitadas. Esto imaginé me impediría la oportunidad de acogerme a socorro antes de llegar a Segovia, caso de sufrir otro desmayo o ataque de pánico descontrolado.Fue venirme este pensamiento y comenzar a sentir angustia. El tiempo y temperatura para el ascenso eran los ideales; no obstante algunas gotas de sudor comenzaron a deslizárseme hacia los ojos por el esfuerzo y el temor. El objetivo era no detenernos hasta alcanzar el puerto de la Fuenfría y tomar allí la manzana.Me volví a poner y quitar las gafas de sol. Hacía algo de niebla. Pese a mis sacudidas hubo un momento en el que sentí como la magia me atrapaba en la contemplación absorta de las volutas e hilachas de vapor que emitían las plantas; poco después jaras, helechos, enebros y retamas tanto me consolaban como me herían. Al poco me resultaba imposible distinguir nada y lo agradecí, dado que me evitó durante un buen rato la panorámica del bosque inmenso.Dos aliens trataban de imponerse; ninguno ganador: la dualidad se mantenía en constante lucha conmigo de único perdedor.Me quité las gafas, sosteniéndolas apenas de una patilla entremetida por el cuello de la sudadera.Resultaba fatigoso caminar y no parecía que hubiésemos acertado con la senda correcta. Anduvimos varios kilómetros hasta ser conscientes de habernos perdido y yo también mis gafas:-       Por aquí no puede ser, dijo uno de ellos.Regresar al punto donde creímos haber perdido la pista no parecía una buena opción.-       Deberíamos haber girado a la izquierda y lo hemos hecho a la derecha, comentó uno de ellos.Dimos la vuelta. Poco después tuvimos la suerte de encontrarnos con el coche de una agente forestal:-    ¿Vamos bien a Santiago?, preguntamos.-    ¿A Santiago?, repitió incrédula.-       Claro, este es el camino de Madrid y hay señales que lo indican,Curiosamente el poste se encontraba a menos de cien metros, cercano a un gran apilamiento de pinos recién cortados.Los pinos silvestres de Valsain son únicos por sus características, a la par que un canto a la belleza bermeja y las alturas. Asemejan gigantes de brazos abiertos en cálida acogida, si bien ese día no lo aprecié con el sentimiento con el que lo experimento ahora, donde me impregna la liturgia sagrada de los bosques, al tiempo que me acojo a su protección cuando camino.El día dos de abril, sexta de las etapas, me sentí invadido de una gran tristeza que me llevó a plantearme abandonar. Por añadidura experimenté otro susto, tras una larga caminata de cincuenta kilómetros, gran parte de ellos por carretera.Llegó un momento en el que no di más de sí. Temblaba y me dejé caer intentando tomar aliento. Poco después todo comenzó a darme vueltas y hube de hacer un gran esfuerzo para no perder otra vez el conocimiento.-       No puedes seguir así, me dijeron mis compañeros.El camino lo habíamos planificado sin concesiones a la escucha o al disfrute. Eso quedaba postergado para las tardes, una vez comidos y duchados.Y en modo alguno hubo ni hay transcurridos los años crítica respecto de este planteamiento. Lo cierto es que de haber sabido lo que esto implicaba probablemente mi compromiso hubiese sido otro.En Sahagún el Camino de Madrid se une al tradicional francés y los peregrinos comienzan a contarse por cientos, frente a los apenas cinco o seis con los que nos cruzamos en las etapas previas.Los siguientes días discurrieron sin mayores dificultades hasta llegar a O’ Cebreiro, cuyo ascenso se nos hizo eterno.En Cebreiro encontré a Jesús, un peregrino sin hogar que llevaba doce años sin abandonar el camino. Era un hombre joven enganchado a las drogas. Tenía la mirada triste y su presencia trasmitía la imagen de un Cristo de rostro doliente y sin rencor.El último de los sustos lo viví llegando a Arzúa. Los miedos me habían ganado la partida en la mañana. Hacía mucho calor. Mi corazón acelerado me provocó una arritmia y esta me hizo caer al suelo. Uno de mis compañeros corrió hacia mí; me levantó, tomó mi mochila e izó:-       Venga, quedan menos de cuatrocientos metros para el hostal, dijo.Al día siguiente llegamos a Santiago. El apóstol nos recibió con abrazo de amigo.Tal vez Compostela sea para los más una meta espiritual a afrontar desde lo deportivo, turístico o religioso. Yo la planteé en búsqueda de paz y sosiego. Creo que al final lo conseguí. Perdí ocho quilos; normalicé la tensión descompensada y desde ese día me convertí en un adicto al camino. Hace apenas unos meses una siquiatra consiguió ralentizarme los miedos. Rememorando la experiencia tras los años transcurridos, soy consciente de haber extraviado dos gafas más en veredas similares. De tiempo atrás esto me lleva a contemplar con ojos de asombro el paisaje del nuevo mundo que encandila el horizonte.