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EL AROMA DE CRISTO, 22 de abril de 2009

EL AROMA DE CRISTO, 22 de abril de 2009 EL AROMA DE CRISTO





Madrid a miércoles, 22 de abril de 2009





Hace poco más de quince horas regresaba de Tel Aviv. Durante diez días y en compañía de veintidós personas, he tenido la dicha de recorrer algunos de los lugares por los que transitó dos mil años atrás Jesús, Cristo, el Maestro, hijo de María y de José.



La tierra de la Biblia es ahora la del nuevo estado de Israel, donde las alambradas, controles policiales y el asfixiante aliento de la seguridad se ciernen como permanente recuerdo de que su experiencia de vida, dolor y muerte, aún no han calado en este mundo que aspira desde entonces y desde siempre a la paz.



Hemos estado alojados en el convento de las “Rosary Sisters”, congregación cristiana de monjas árabes fundada en 1880, en la ciudad de Jerusalén. Dicha congregación cuenta con sesenta y tres centros distribuidos entre varias de las ciudades del Islam más importantes, en el Oriente Medio fundamentalmente. La congregación despliega toda una amplia acción social, desde el cuidado y la educación, al alojamiento de los peregrinos. Las diferencias con respecto de otras congregaciones, es que es la única de estas características constituida en Tierra Santa y que las hermanas se turnan permanentemente en los diferentes centros para rezar a cada hora el rosario.



Una monja de dulce sonrisa, frágil y tierna, pero al tiempo sólida y estable, Sor Pasquale, ha sido nuestro ángel cuidador, en la oración, el alimento y el abrigo. ¿Cómo puede una sonrisa ser tan fuerte y tan bonita? Todavía tengo en mí la tarde de ayer, cuando se despedía de nosotros inundándonos a besos y bendiciones desde la puerta del convento.



Jerusalén, ciudad de tópicos, donde las barreras más inexpugnables son las de la mente, y donde a la vez a cada instante se produce el milagro de que las cosas funcionen. ¡Hay tantas cosas que ver y hacer en Jerusalén! Una de ellas, la más importante y la clave que resume nuestro peregrinaje, la pudimos confirmar desde la consciencia plena de nuestra pasión por Cristo, y es que la paz del mundo, el futuro de la humanidad se está dilucidando justo allí en estos momentos.



No va a ser lo que ocurra en el medio ambiente, los terremotos o cosas incluso inimaginables que puedan manifestarse, ni siquiera el fin de los tiempos relacionados con el 2012, la economía o las guerras, con ser tremendo todo esto, sino con construir o no hacerlo de una vez por todas la paz en el alma de Jerusalén.



Jerusalén, ha sido destruida en veinte ocasiones y reconstruida otras tantas. ¿Alguna vez nos hemos detenido a pensar en el porqué de todo esto? La razón es que el substrato de lo que se encuentra allí es una semilla cósmica, y las semillas cósmicas o florecen o explotan. No hay término medio, no vale con rezar o con suplicar que de fuera vengan a solucionárnoslo. Depende de judíos, árabes y cristianos, pero también y mucho de la paz que cada uno alcance en sí. Nunca ha sido tan necesaria la paz dentro de nosotros. Es el latido de una pluma el que va a inclinar la balanza. El mensaje es que la paz interior es el instrumento para llegar al amor, que edifique por fin sobre las más sólidas columnas.



Decir también que hemos visitado La Vía Dolorosa, El Santo Sepulcro, El Huerto de Getsemaní, La Iglesia de la Dormición… Enumerar los lugares recorridos tanto relacionados con el cristianismo, como con el judaísmo o el mundo árabe y sólo en la ciudad de Jerusalén, conduciría inevitablemente a la elaboración de un libro. Sin embargo, han sido diez días intensos no sólo allí, sino en otros lugares de Israel, todos repletos de experiencias y de regalos. Voy a comentar algunos de los más significativos.



El de mayor calado para mí ha sido el concerniente al Mar de Galilea. En una barca, similar a la que patronaba Pedro, el Pescador, y que es de las que se utilizan tanto por los peregrinos como por los turistas de Tierra Santa, pude sentir la presencia de Cristo. Eran las trece horas. Pedí al patrón que detuviese el barco en mitad del lago, una suave brisa se enseñoreaba en ese momento, reconfortándonos del implacable sol de Tiberiades. En un instante determinado, el grupo comenzó a meditar. Los marineros guardaron silencio. Sucedió entonces que casi todos sentimos algo, ya en nuestra imaginación, ya en la pura piel, ya en el corazón. Jesús remaba en compañía de Maria de Magdala. Caía la tarde, comentaban algo entre sí con risas, suavidad, fragancia y aromas. La sensación que nos llegaba era de torrente de agua que nos regase por dentro, recordándoos que en la memoria del agua todo permanece. El regalo del pescador de hombres, se hizo entonces onda en la canción de nuestras almas. Llovía Cristo dentro de cada cual. En un instante determinado, el patrón tomó su armónica y comenzó a interpretar la canción del Pescador de hombres. El clímax: un escalofrío dulce nos sacudió como viento a la hoja.



Otro de los instantes, apenas un fugaz resplandor, tuvo lugar en Masada, donde aún flota en neblina la esencia de los profetas. Allí sentí añoranza y el verso de la letra recordada. Dios se encuentra en los lugares más altos y más bajos de la Tierra. Nunca se ha marchado. Allí lo sentí como nunca antes lo había sentido.



Otro instante tuvo lugar en el Dominus Flevit, donde el Señor lloró contemplando la ciudad; el lugar está ahora ocupado por una pequeña iglesia. Un sacerdote francés oficiaba misa. Permanecí sentado a la entrada, recostado contra la puerta de acceso. El cura estaba exultante, como en trance, disfrutando de la misa, que se alargaba más y más impidiéndonos la entrada al recinto. Sin embargo, aquello resultó necesario. Allí pude ver al Cristo gigante, un ser de más allá de este mundo, de muchos mundos simultáneos, sentir en compasión infinita desde su inmenso poder, la destrucción de la ciudad que le condenaba a muerte. Describir a Jesús como un torrente de amor capaz de anegar al mundo, no es suficiente. El Jesús que vi era muchas capas de luz de fuerza descomunal, controladas desde el propósito y desde el amor infinito de un ser que ve y siente como hombre por el dolor inmenso de la humanidad.



Pero no es sólo por el hombre por quien lloró Jesús; lloró por quienes han puesto al hombre lejos del hogar del padre y aun persisten en el empeño, imbuidos en los miedos que produce lanzarse desde el vacío de la mente al colchón del corazón.



Otro lugar que visitamos fue la Iglesia de Maria Magdalena, mandada construir por el Zar Alejandro III en 1883, canción de música bella que se enseñorea sobre la ciudad. Probablemente María Magdalena jamás pisara los lugares sobre los que se asienta la iglesia, sin embargo las monjas blancas rusas han imbuido de un espíritu delicioso el aire de los jardines que la circundan. Allí fui consciente de que María Magdalena es tan fuerte como Jesús y de su misma condición regia.



Tras ello, Qumran, en un instante de comunión con los esenios, monasterio en el que sentimos la presencia del adolescente Jesús y de los misterios en los que resultó iniciado. Luego Nazareth, el Mar Muerto, el desierto de Judea, el Monte Carmelo…y otra vez Jerusalén, visitando lugares donde la Virgen está a la vez dormida, muerta y ascendida, según sea quien la custodie. Hay incluso un lugar donde los griegos ortodoxos afirman que nació María y poco más arriba los franceses dicen lo mismo.



Sólo unas líneas de despedida para quienes hayáis tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Me cuesta escribir, modular con palabras un sentimiento que me está resultando tan especial. Amar a Cristo es fácil, entenderlo quizá ya no lo sea tanto, pero vivir, siquiera un segundo, la luz que aún permanece de sus brillos, es una experiencia que hay que sentir para enseñorearse de su trascendencia.






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1 comentario

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